Un chico honesto. Capitulo VI.

Un chico honesto.

Capitulo VI.

Ese desgraciado las pagaría, todas y cada una. De entre la escoria que Fernando había conocido, Moisés y su hijo, el engreído intelectual Esteban, eran lo peor. Como los odiaba, simplemente no encontraba palabras cuando, postrado frente al espejo de su closet, elevaba sus oraciones a la santa muerte. ¿Por qué rezarle a la muerte? Al principio, cuando le habían presentado esta nueva… ¿religión? Le había parecido absurdo y extraño, incluso un poco oscuro y atemorizante. Pero el tiempo pasó, y las dosis se fueron acumulando en su sistema, a la vez que sus neuronas iban deteriorándose y su razonamiento encogiéndose, y, al final, terminó pareciéndole lo más lógico del mundo. Fernando ahora pertenecía a la muerte, y a ella dirigía todas sus oraciones.  ¿Por qué? Fernando llevaba años rezando, incluso mientras bebía o inhalaba, la virgencita se encontraba siempre en sus pensamientos. Pero la virgencita jamás venía. Unos decían que se aparecía en las noches en un hospital de la comunidad, la entrada siempre estaba cubierta con flores frescas y era frecuente ver a alguien inclinado, estorbando en la puerta el flujo de pacientes. Fernando había visitado el lugar incontables veces, con la esperanza de verla, de saber que era real. De tener la total certeza de la existencia de ese ser tan magnífico que, en algunas ocasiones especiales, le hablaba con tierna voz, siempre muy similar a la de su abuela, la que murió mientras lo abrazaba y lo despertó por su frio anciano cuerpo en una mañana tormentosa. Jamás olvidaría cuanto trabajo le había costado soltarse de sus brazos tiesos. Al principio pensó que era un juego, pero supo que no era así al sentir la humedad de la orina y la rigidez de sus brazos. Escuchar su voz era tranquilizante… e inquietante. Ni una sola vez pudo verla. La virgen, pensó, no le quería. O simplemente no existe. Buscó entonces algo real, tangible. Algo completamente innegable, un hecho científico e irrefutable. Entonces recordó aquel culto al que pertenecían varios de sus proveedores y así fue como se inicio en la adoración por la santa muerte.

Apenas terminaba de vaciar las cajas en la sala. Tenía que asegurarse de que pareciera una casa decente, sin rastros de suciedad ni de hábitos indebidos. Si las cosas iban a salir de acuerdo al plan, encarcelarían al bastardo de…

Tocaban la puerta.

Atendió y resultó ser una grata sorpresa. El hijo de Moisés, Estebitan, había llegado a facilitarle la vida. Al principio le pareció que era una trampa y se sintió atemorizado, después, no le importó. Su plan ya estaba en movimiento y su buen amigo ya había depositado los paquetes en el cobertizo. La llamada quizá, ya había sido hecha. Así que habló con él por buen rato, y dirigió la conversación hacia el tema que le interesaba. La mercancía. Al final, resultó que Esteban estaba interesado, quizá más de lo que esperaba. A pesar del sentimiento de que podía ser una trampa, le entregó una dosis. ¿Qué más da? En caso de caer preso por dar un paso fuera de su finamente trazado mapa, la santa muerte siempre estaría ahí para él. Tan real como la oscuridad de la noche. Acompañó al chico hasta la salida y al abrir la puerta, disfrutó lo que vio. Se hizo el tonto preguntando ¿Qué ha pasado?  Y después la alegría lo recorrió al ver el desconcierto en la cara del chico. Las cosas iban sobre ruedas. Mejor, iban volando. Observó todo unos segundos y vio como la patrulla se llevaba al estúpido de Moisés. Cerró la puerta ante la estúpida mirada de Esteban y se sentó a pensar como ese estúpido lugar pronto sería suyo.

Se lo merecían. Destruiría ese centro de porquería como se destruye un panal de estúpidas abejas. Estúpidos, estúpidos. Imbéciles. Todos y cada uno. Estúpidos, estúpidos. Principalmente ese hijo perra de Moisés. Miró al techo, echado en el sofá de la sala, estremeciéndose por la falta de droga. Sólo una dosis mínima, pensó. La tomó y el temblor en sus extremidades cesó. Entonces recordó esa película de la infancia… un elefante que podía volar. ¿Cómo iba esa linda canción? Cuando el elefantito se embriaga, con sus ojitos oscurecidos… cuando esos elefantes de colores e inclasificables formas… ¿Cómo iba? ¿Quién es? ¿Quién va? Ya empiezan a desfilar. Vienen ya,
mira qué saltos dan. Serán quizá, parientes de Satanás.

¿Si decía así?… no estaba seguro, pero le parecía que sonaba bien. Ya están aquí, en torno a la cama van al revés, como acróbatas, terror me dan, me quieren enloquecer.

Pero a Fernando nada lo podría perturbar. No señor. Absolutamente nada. Reía tendido en el sofá, retorciéndose y babeando. No podía excederse en las dosis, tenía que mantenerse lúcido. El chamaco idiota sólo necesitaba unos días para cumplir la mayoría de edad y entonces, no estaba seguro de que su plan fuera útil. Tenía que quemar esa choza en menos de una semana. Tenía que hacerlo arder. Y si todos esos inválidos y ancianos, niños cagados y viejas sirvientas estaban adentro, mucho, mucho mejor.

Ahora, un día después, yacía sentado en la sala esperando la llegada de nuevas noticias. Según su amigo, la mujer encargada llegaría ese mismo día.

Unas horas después, ya tenía una cita con ella. Al parecer, mañana tendría que despedir a algunas personas… sonaba divertido.

Esa noche soñó con los elefantes… bailaban y cantaban, con sus rostros asimétricos y sus miradas pervertidas. Uno de ellos tenía el rictus de su abuela, y orinaba mientras daba piruetas en el aire. Su hermana estaba montada en uno de los elefantes más altos, uno de color azul. Entonces, su vientre se hinchaba y ella caía del animal, reventándose como un globo lleno de agua. Despertó jadeante y exaltado. Tomó un baño y se puso su mejor ropa. Primero sería la entrevista, tenía que quedar bien. Revisó su tabique nasal y vio que estaba completamente cicatrizado. Las marcas en sus brazos estaban casi desvanecidas, pero la capa de maquillaje terminaba el trabajo. Cruzó la calle sintiendo leves temblores en las rodillas por la falta de su dosis diaria, pero tendría que soportar… no. No había manera. Regresó y tomó una pastilla, eso sería suficiente. Lo mantendría calmado y funcional. Regresó entonces riendo entre dientes mientras recordaba lo estúpido que había sido de niño al pensar que su abuela jugaba con él. Tocó a la puerta y le abrió Jacinto, quien lo miró con una mal disimulada expresión de temor y preocupación.

Lo pasó y, con la soltura de un vaquero en cantina, exclamó:

–            ¡Vaya, vaya, vaya! Así que este es el imperio de Moisés…

–          Me temo que ya no más – respondió Laurette, mientras bajaba elegantemente las escaleras, en un traje que decía ¨besa mis pies, mortal¨

–          Usted debe ser…

–          Laurette Graham, servidora social.

–          Mucho gusto.

–          Así es. En fin, usted debe ser Fernando.

–          Correcto, vine porque recibí una…

–          No tengo tiempo que perder. Sígame, veremos los documentos y haremos el papeleo. Usted tomará control en un día o dos. Tengo un viaje pendiente.

Caminaron hasta la oficina, mientras Esteban pensada en la conversación que había tenido con su padre en la comandancia… aun no lo podía creer.

El anciano se quedó parado junto a la puerta. Fernando entendió su nerviosismo, pero si ese idiota lo echaba todo a perder, moriría. Podía tenerlo por seguro. No importaba que hubiera puesto los paquetes en el cobertizo… si lo echaba a perder, sufriría. Sufriría muchísimo. Jacinto se dejó caer en la banca de recepción, pensando en lo que había hecho.

En nuestro próximo capítulo:

–          Desconéctenlos. A todos.

Un chico honesto. Capitulo V.

Los golpes en la puerta lo despertaron de su corta siesta. Su sueño había sido profundo, pero no reparador. Se irguió y miró a sus pies, sintiéndose un poco mareado. La incertidumbre seguía masticando sus pensamientos como un roedor masca el cartón. Ahora más que nunca, sentía miedo. Miedo de descubrir que todo lo que le había contado su padre – única familia que tenía, aparte del nefasto Fernando – fuera una mentira. ¿Sería tal cosa posible? No podía estar seguro, pero pretendió estar convencido de que era una falsedad. Papá no haría tal cosa, se dijo.

–          Esteban ¿estás ahí? Llegaron los de trabajo social, quieren hablar con el encargado.

–          Ya voy, ahorita bajo.

Miró al techo, donde el halcón milenario seguía enfrentándose a las naves imperiales del malvado Darth Vader. ¿Hacia cuánto los había contemplado echado en su cama con un par de libros nuevos entre las manos?  Le pareció una eternidad, las cosas habían dado un giro radical desde aquel entonces y su vida parecía ir en picada.

Bajó entonces a recepción, después de tomarse un tiempo para lucir presentable y digno de trabajar en un asilo de prestigio, como el de su padre. Llegó con una expresión que decía ¨en este asilo todos somos gente decente y con ganas de superarse, aquí no nos andamos con chorradas y alucinógenos, así que no estén fregando y saquen a mi papá de esa jaula para cotorras, condenados idiotas¨

Primero vio a Caro, quien le ofreció una sonrisa en señal de apoyo, después vio a Jacinto, que se veía nervioso y un tanto preocupado.

–          Dice que necesita al encargado, pero hay un problema, Esteban.

–          ¿Problema?

–          Será mejor que entres, la trabajadora social parece… no lo sé.

Tomó la mano de Caro, esta apretó la suya y le señaló la puerta.

–          Dios te bendiga, Esteban.

Soltó la mano de su querida alcohólica y caminó hasta la puerta de la dirección, donde lo aguardaa la Srta. Graham. Al abrir la puerta no vio lo que esperaba. Se imaginaba encontrar a una mujer quizá un poco anciana, gorda, con pelo cano y mal agarrado en la nuca. Quizá un labial inadecuado para su tono de piel y un cutis lleno de grandes poros saturados de polvo blanco. Sin embargo, estaba sentada frente al escritorio de Moisés una mujer joven, esbelta. Metida en un traje  que decía ¨soy sexy, inteligente, y puedo romperte la nariz con el meñique. Háblale a la mano, perro lastimero¨  su nariz respingada y excesivamente simétrica asomaba desde un cutis  que no se diferenciaba del terciopelo. Sus ojos eran… eran… perfectos. No grandes, no chicos… simplemente exactos. Sus labios estaban delicadamente delineados con un color que los hacía resaltar solo lo justo y necesario. Esteban trastabillo al cerrar la puerta, sorprendido… quizá gratamente.

–          Buenas tardes – saludó tras reponerse de su afuero – Soy Esteban (segundo nombre y  apellidos han sido censurados)

–          Yo soy Laurette Graham. Trabajadora social de Instituto Nacional de Servicios Educativos y Recreaciones Rehabilitacionales.

–          Mucho gusto. Me dijeron que tendríamos problemas, en cuanto a lo del encargado…

–          Así es, me temo que sólo puedo quedarme en el asilo una semana, a lo mucho una y media.

–          Ya veo, no se preocupe. Papá no estará mucho tiempo en… en la cárcel. Saldrá antes de la semana, estoy segurísimo de eso.

–          No lo creo, pequeño. Tu padre está metido en problemas serios. Sea culpable o no…

–          No lo es.

–          Sea culpable o no – repitió Laurette con mirada severa – esas cosas pueden tomar semanas. Incluso meses. Así que déjate de lloriqueos – Oh, pensó esteban… nos llevaremos de maravilla.

–          Está bien. Como usted diga, madame. ¿Qué quiere que haga?

–          Me han dicho que tienes apenas 17 años, por lo que no puedes tomar decisiones en cuanto a las empresas de tu padre.

–          Pero en sólo…

–          Así que…

–          En una semana cumplo los 18…

–          Llame a…

–          No será necesario…

–          El señor…

–          Ud. Puede quedarse esa semana y ya verá…

–          Fernando, tengo entendido que es su tío.

Silencio. ¿Era tal cosa… posible? Esteban quedó boquiabierto.

–          El señor ha accedido a trasladarse a las instalaciones por esta semana, en lo que usted cumple la mayoría de edad. Yo sólo soy un apoyo,  no vengo a hacer el trabajo de su padre. El señor Fernando lo hará.

–          Eso no, no puede hacer eso… no, no, no. Fernando es un adicto y un mal viviente.

–          ¿tienes pruebas de ello?

–          Pues no, no exactamente…

–          Entonces retire las acusaciones, pequeño. Son bastante graves e indignas. Se mudará mañana a primera hora. Por lo pronto comenzaremos con la limpieza del lugar.

–          Pero está limpio.

–          Sin duda, veo que los suelos son brillantes e incluso las cortinas parecen recién traídas de lavandería, pero no es a eso a lo que me refiero. Tienen ustedes muchas zarigüeyas, muchacho.

–          ¿Zarigüeyas?

–          Empleados. No necesitamos tantos peones.

–          Pero…

–          Resulta obvio que tienen problemas de administración aquí ¿tienen una lista de empleados, pequeño?

–          No puede despedir…

–          No lo haré yo, lo hará su tío. ¿podrías decirle a la muchacha esa que me traiga una taza de té? Ah, pero no le digas que sea quizá su última tarea –  soltó una carcajada.

Después de beber la taza de té, siguió hablando mientras estudiaba la lista de empleados y otro montón de documentos. Hacía anotaciones y de vez en cuando, se rascaba la nariz con delicadeza. Como para evitar que perdiera esa increíble simetría.

Una vez terminada la sesión del día, la ¨institutriz¨, como le gustaba que le llamaran, se retiró a la habitación que le habían preparado.

Esteban tomó el transporte colectivo hasta la comandancia, donde su padre estaba esperando en la sala de visitas. Moisés sonreía al ver a su hijo entrar, pero al ver su rostro, la consternación se apoderó de él. Esteban sonreía el 98% del tiempo. Cuando no lo hacía era porque algo andaba de verdad mal.

Esteban había decidido calmarse, no juzgar a su padre y preguntárselo de manera delicada. Lo más seguro era que Moisés no fuera culpable de nada, Fernando sólo intentaba molestarlo. Pero al entrar en la comandancia no pudo evitar sentir un poco de rabia. El sólo hecho de pensar en que pudo haber tenido una infancia normal… mejor dicho, más normal… lo molestaba de verdad. Ser el único niño del salón de kínder, primaria y secundaria que se quedaba en las gradas el 10 de mayo no era una memoria alegre.

–          Esteban, ¿estás bien? Hijo…

–          Tengo que hablar contigo, fui con Fernando…

–          ¡Me desobedeciste! ¿Qué tienes en la cabeza? ¿Por qué te es tan difícil entender que no eres… que no somos…

–          Eso no importa ahora, lo que importa es algo que me dijo ese tipo.

–          ¿Por qué no te cabe en la cabeza que tienes padre y que…

–          Me dijo que…

–          ¡Calla! Mientras te este hablando quiero que…

–          Tú habías tenido la culpa de…

–          Te calles y pongas atención, como debe ser…

–          La muerte de mi mamá.

Se hizo el silencio. Moises bajó el dedo con el que señalaba a su hijo y comenzó a temblar. Los lentes le colgaban de un lado y se los acomodó en gesto nervioso. Tomó asiento y evitó la mirada de su hijo.

–          Papá… ¿es cierto?

–          Estaban… ¿Por qué haces esto?  Ya te he dicho antes lo que pasó.

–          Papá… por favor. ¿Es cierto?

–          Tenía miedo, Esteban – confesó trémulo – no sabes cuánto lo siento.

Esteban se dejó caer en el asiento, temblando y un poco sudoroso. Entonces, Moisés comenzó a narrarle la historia de su nacimiento.

En el siguiente capítulo:

–          ¡vaya, vaya, vaya! Así que este es el imperio de Moisés…

Capítulos anterioses:

1. https://theibidem.wordpress.com/2010/07/31/un-chico-honesto-capitulo-1/

2. https://theibidem.wordpress.com/2010/08/14/un-chico-honesto-capitulo-ii/

3. https://theibidem.wordpress.com/2010/08/28/un-chico-honesto-capitulo-iii/

4. https://theibidem.wordpress.com/2010/09/11/un-chico-honesto-capitulo-iv/