Bitácora. Nota 2. Por: Ana Teresa

NOTA 2.

 

¿Cómo es que te atreves a afirmar que ya no importa nada? ¿Acaso siempre dejas las cosas así? Y yo sin conocerte simplemente me dejé llevar. No puedo culparte por lo sucedido, menos ahora que parece adrede te has marchado en condiciones tan… llamativas.

Sólo deja que te afirme algo, las ideas pueden cambiar, inclusive puedes extirparlas como se extirpa un tumor maligno. Aunque no sé ni para qué te lo digo si a ti te gusta que te compadezcan. Felicidades, lo has logrado.

Pondré las cartas sobre la mesa al decirte lo siguiente, nunca me interesé por esa “ciencia” que tanto te fascinaba, ni quise jamás aprender lo que tú aprendías con tanto ahínco.  Me limité a creer que algún día lo olvidarías y te apegarías a mi pensar más que nunca… ¡Qué estúpido fui!

Pero te juro, con la cicatrizada mano alzada en el aire, que no volveré mis pisadas al origen, y que aquel camino del que te hablé no volverá a existir para ninguno de nosotros. OlvÍdate ya  de que aun día te miré como a un igual.

Leo

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Ana Teresa



Un chico honesto. Capitulo VI.

Un chico honesto.

Capitulo VI.

Ese desgraciado las pagaría, todas y cada una. De entre la escoria que Fernando había conocido, Moisés y su hijo, el engreído intelectual Esteban, eran lo peor. Como los odiaba, simplemente no encontraba palabras cuando, postrado frente al espejo de su closet, elevaba sus oraciones a la santa muerte. ¿Por qué rezarle a la muerte? Al principio, cuando le habían presentado esta nueva… ¿religión? Le había parecido absurdo y extraño, incluso un poco oscuro y atemorizante. Pero el tiempo pasó, y las dosis se fueron acumulando en su sistema, a la vez que sus neuronas iban deteriorándose y su razonamiento encogiéndose, y, al final, terminó pareciéndole lo más lógico del mundo. Fernando ahora pertenecía a la muerte, y a ella dirigía todas sus oraciones.  ¿Por qué? Fernando llevaba años rezando, incluso mientras bebía o inhalaba, la virgencita se encontraba siempre en sus pensamientos. Pero la virgencita jamás venía. Unos decían que se aparecía en las noches en un hospital de la comunidad, la entrada siempre estaba cubierta con flores frescas y era frecuente ver a alguien inclinado, estorbando en la puerta el flujo de pacientes. Fernando había visitado el lugar incontables veces, con la esperanza de verla, de saber que era real. De tener la total certeza de la existencia de ese ser tan magnífico que, en algunas ocasiones especiales, le hablaba con tierna voz, siempre muy similar a la de su abuela, la que murió mientras lo abrazaba y lo despertó por su frio anciano cuerpo en una mañana tormentosa. Jamás olvidaría cuanto trabajo le había costado soltarse de sus brazos tiesos. Al principio pensó que era un juego, pero supo que no era así al sentir la humedad de la orina y la rigidez de sus brazos. Escuchar su voz era tranquilizante… e inquietante. Ni una sola vez pudo verla. La virgen, pensó, no le quería. O simplemente no existe. Buscó entonces algo real, tangible. Algo completamente innegable, un hecho científico e irrefutable. Entonces recordó aquel culto al que pertenecían varios de sus proveedores y así fue como se inicio en la adoración por la santa muerte.

Apenas terminaba de vaciar las cajas en la sala. Tenía que asegurarse de que pareciera una casa decente, sin rastros de suciedad ni de hábitos indebidos. Si las cosas iban a salir de acuerdo al plan, encarcelarían al bastardo de…

Tocaban la puerta.

Atendió y resultó ser una grata sorpresa. El hijo de Moisés, Estebitan, había llegado a facilitarle la vida. Al principio le pareció que era una trampa y se sintió atemorizado, después, no le importó. Su plan ya estaba en movimiento y su buen amigo ya había depositado los paquetes en el cobertizo. La llamada quizá, ya había sido hecha. Así que habló con él por buen rato, y dirigió la conversación hacia el tema que le interesaba. La mercancía. Al final, resultó que Esteban estaba interesado, quizá más de lo que esperaba. A pesar del sentimiento de que podía ser una trampa, le entregó una dosis. ¿Qué más da? En caso de caer preso por dar un paso fuera de su finamente trazado mapa, la santa muerte siempre estaría ahí para él. Tan real como la oscuridad de la noche. Acompañó al chico hasta la salida y al abrir la puerta, disfrutó lo que vio. Se hizo el tonto preguntando ¿Qué ha pasado?  Y después la alegría lo recorrió al ver el desconcierto en la cara del chico. Las cosas iban sobre ruedas. Mejor, iban volando. Observó todo unos segundos y vio como la patrulla se llevaba al estúpido de Moisés. Cerró la puerta ante la estúpida mirada de Esteban y se sentó a pensar como ese estúpido lugar pronto sería suyo.

Se lo merecían. Destruiría ese centro de porquería como se destruye un panal de estúpidas abejas. Estúpidos, estúpidos. Imbéciles. Todos y cada uno. Estúpidos, estúpidos. Principalmente ese hijo perra de Moisés. Miró al techo, echado en el sofá de la sala, estremeciéndose por la falta de droga. Sólo una dosis mínima, pensó. La tomó y el temblor en sus extremidades cesó. Entonces recordó esa película de la infancia… un elefante que podía volar. ¿Cómo iba esa linda canción? Cuando el elefantito se embriaga, con sus ojitos oscurecidos… cuando esos elefantes de colores e inclasificables formas… ¿Cómo iba? ¿Quién es? ¿Quién va? Ya empiezan a desfilar. Vienen ya,
mira qué saltos dan. Serán quizá, parientes de Satanás.

¿Si decía así?… no estaba seguro, pero le parecía que sonaba bien. Ya están aquí, en torno a la cama van al revés, como acróbatas, terror me dan, me quieren enloquecer.

Pero a Fernando nada lo podría perturbar. No señor. Absolutamente nada. Reía tendido en el sofá, retorciéndose y babeando. No podía excederse en las dosis, tenía que mantenerse lúcido. El chamaco idiota sólo necesitaba unos días para cumplir la mayoría de edad y entonces, no estaba seguro de que su plan fuera útil. Tenía que quemar esa choza en menos de una semana. Tenía que hacerlo arder. Y si todos esos inválidos y ancianos, niños cagados y viejas sirvientas estaban adentro, mucho, mucho mejor.

Ahora, un día después, yacía sentado en la sala esperando la llegada de nuevas noticias. Según su amigo, la mujer encargada llegaría ese mismo día.

Unas horas después, ya tenía una cita con ella. Al parecer, mañana tendría que despedir a algunas personas… sonaba divertido.

Esa noche soñó con los elefantes… bailaban y cantaban, con sus rostros asimétricos y sus miradas pervertidas. Uno de ellos tenía el rictus de su abuela, y orinaba mientras daba piruetas en el aire. Su hermana estaba montada en uno de los elefantes más altos, uno de color azul. Entonces, su vientre se hinchaba y ella caía del animal, reventándose como un globo lleno de agua. Despertó jadeante y exaltado. Tomó un baño y se puso su mejor ropa. Primero sería la entrevista, tenía que quedar bien. Revisó su tabique nasal y vio que estaba completamente cicatrizado. Las marcas en sus brazos estaban casi desvanecidas, pero la capa de maquillaje terminaba el trabajo. Cruzó la calle sintiendo leves temblores en las rodillas por la falta de su dosis diaria, pero tendría que soportar… no. No había manera. Regresó y tomó una pastilla, eso sería suficiente. Lo mantendría calmado y funcional. Regresó entonces riendo entre dientes mientras recordaba lo estúpido que había sido de niño al pensar que su abuela jugaba con él. Tocó a la puerta y le abrió Jacinto, quien lo miró con una mal disimulada expresión de temor y preocupación.

Lo pasó y, con la soltura de un vaquero en cantina, exclamó:

–            ¡Vaya, vaya, vaya! Así que este es el imperio de Moisés…

–          Me temo que ya no más – respondió Laurette, mientras bajaba elegantemente las escaleras, en un traje que decía ¨besa mis pies, mortal¨

–          Usted debe ser…

–          Laurette Graham, servidora social.

–          Mucho gusto.

–          Así es. En fin, usted debe ser Fernando.

–          Correcto, vine porque recibí una…

–          No tengo tiempo que perder. Sígame, veremos los documentos y haremos el papeleo. Usted tomará control en un día o dos. Tengo un viaje pendiente.

Caminaron hasta la oficina, mientras Esteban pensada en la conversación que había tenido con su padre en la comandancia… aun no lo podía creer.

El anciano se quedó parado junto a la puerta. Fernando entendió su nerviosismo, pero si ese idiota lo echaba todo a perder, moriría. Podía tenerlo por seguro. No importaba que hubiera puesto los paquetes en el cobertizo… si lo echaba a perder, sufriría. Sufriría muchísimo. Jacinto se dejó caer en la banca de recepción, pensando en lo que había hecho.

En nuestro próximo capítulo:

–          Desconéctenlos. A todos.

Bitácora. Nota 1. Por: Ana Teresa

                   

NOTA 1

                 Siempre quise encontrar el tiempo para cada cosa, saber cómo administrarme a mi misma para alcanzar a ser lo que deseara. Pero lamentablemente no pude sobrellevar el ritmo y mucho menos llevar la carga. Disculpa que lo diga, sólo pido que no lo tomes como una excusa o algo por el estilo…sabes que no es mi intención.

Para cuando termines de leer esto, te habrás dado cuenta de que las hojas no son lo que solían ser, los murmullos del viento ya no cantan como lo hacían, ni el reflejo tenue del cristal te mira como solía hacerlo años atrás.  De ti siempre me agradó la soltura con que expresabas lo vivido, sin esperar respuesta lanzabas tus palabras como se lanzan las aves al vuelo, y yo, tan lejos.

Mi mente nunca ha sido mía, siempre le ha pertenecido a las ideas arraigadas que conforman una galaxia de dudas. Llámame misteriosa, si así quieres; cerrada , si así lo deseas, la verdad es que si me defines de un modo o de otro no tendrá importancia alguna.  Ya no importa nada.

Una idea puede nacer, desarrollarse y reproducirse, sin embargo nunca muere. Y tal es así, que no pude cambiar mi destino, por más que traté de erradicar las palabras que tantas veces había escuchado con esa voz mental, por miedo a  pronunciar. No, me negaba. No, no voy a hacer tal cosa , no podría sobrellevarlo jamás.

La idea, se paseaba o me paseaba más bien a mí como un perro. ¡Yo era el perro de la idea! Allí comenzó todo, cuando me di por vencida, me convencí de que yo no tenía el control.

Como te dije, espero entiendas mis razones, las cuales están basadas en inútiles fundamentos que nunca comprendiste. Como solias decir ” No existe camino si no hay quien lo transite”  pues ahora yo te contesto ” No existen transeúntes si no hay camino”.

Jill

Bitácora es una serie de notas que encierran un embarazoso secreto. Léelos semana tras semana para averiguar lo que ha ocurrido.

Ana Teresa

Un chico honesto. Capitulo V.

Los golpes en la puerta lo despertaron de su corta siesta. Su sueño había sido profundo, pero no reparador. Se irguió y miró a sus pies, sintiéndose un poco mareado. La incertidumbre seguía masticando sus pensamientos como un roedor masca el cartón. Ahora más que nunca, sentía miedo. Miedo de descubrir que todo lo que le había contado su padre – única familia que tenía, aparte del nefasto Fernando – fuera una mentira. ¿Sería tal cosa posible? No podía estar seguro, pero pretendió estar convencido de que era una falsedad. Papá no haría tal cosa, se dijo.

–          Esteban ¿estás ahí? Llegaron los de trabajo social, quieren hablar con el encargado.

–          Ya voy, ahorita bajo.

Miró al techo, donde el halcón milenario seguía enfrentándose a las naves imperiales del malvado Darth Vader. ¿Hacia cuánto los había contemplado echado en su cama con un par de libros nuevos entre las manos?  Le pareció una eternidad, las cosas habían dado un giro radical desde aquel entonces y su vida parecía ir en picada.

Bajó entonces a recepción, después de tomarse un tiempo para lucir presentable y digno de trabajar en un asilo de prestigio, como el de su padre. Llegó con una expresión que decía ¨en este asilo todos somos gente decente y con ganas de superarse, aquí no nos andamos con chorradas y alucinógenos, así que no estén fregando y saquen a mi papá de esa jaula para cotorras, condenados idiotas¨

Primero vio a Caro, quien le ofreció una sonrisa en señal de apoyo, después vio a Jacinto, que se veía nervioso y un tanto preocupado.

–          Dice que necesita al encargado, pero hay un problema, Esteban.

–          ¿Problema?

–          Será mejor que entres, la trabajadora social parece… no lo sé.

Tomó la mano de Caro, esta apretó la suya y le señaló la puerta.

–          Dios te bendiga, Esteban.

Soltó la mano de su querida alcohólica y caminó hasta la puerta de la dirección, donde lo aguardaa la Srta. Graham. Al abrir la puerta no vio lo que esperaba. Se imaginaba encontrar a una mujer quizá un poco anciana, gorda, con pelo cano y mal agarrado en la nuca. Quizá un labial inadecuado para su tono de piel y un cutis lleno de grandes poros saturados de polvo blanco. Sin embargo, estaba sentada frente al escritorio de Moisés una mujer joven, esbelta. Metida en un traje  que decía ¨soy sexy, inteligente, y puedo romperte la nariz con el meñique. Háblale a la mano, perro lastimero¨  su nariz respingada y excesivamente simétrica asomaba desde un cutis  que no se diferenciaba del terciopelo. Sus ojos eran… eran… perfectos. No grandes, no chicos… simplemente exactos. Sus labios estaban delicadamente delineados con un color que los hacía resaltar solo lo justo y necesario. Esteban trastabillo al cerrar la puerta, sorprendido… quizá gratamente.

–          Buenas tardes – saludó tras reponerse de su afuero – Soy Esteban (segundo nombre y  apellidos han sido censurados)

–          Yo soy Laurette Graham. Trabajadora social de Instituto Nacional de Servicios Educativos y Recreaciones Rehabilitacionales.

–          Mucho gusto. Me dijeron que tendríamos problemas, en cuanto a lo del encargado…

–          Así es, me temo que sólo puedo quedarme en el asilo una semana, a lo mucho una y media.

–          Ya veo, no se preocupe. Papá no estará mucho tiempo en… en la cárcel. Saldrá antes de la semana, estoy segurísimo de eso.

–          No lo creo, pequeño. Tu padre está metido en problemas serios. Sea culpable o no…

–          No lo es.

–          Sea culpable o no – repitió Laurette con mirada severa – esas cosas pueden tomar semanas. Incluso meses. Así que déjate de lloriqueos – Oh, pensó esteban… nos llevaremos de maravilla.

–          Está bien. Como usted diga, madame. ¿Qué quiere que haga?

–          Me han dicho que tienes apenas 17 años, por lo que no puedes tomar decisiones en cuanto a las empresas de tu padre.

–          Pero en sólo…

–          Así que…

–          En una semana cumplo los 18…

–          Llame a…

–          No será necesario…

–          El señor…

–          Ud. Puede quedarse esa semana y ya verá…

–          Fernando, tengo entendido que es su tío.

Silencio. ¿Era tal cosa… posible? Esteban quedó boquiabierto.

–          El señor ha accedido a trasladarse a las instalaciones por esta semana, en lo que usted cumple la mayoría de edad. Yo sólo soy un apoyo,  no vengo a hacer el trabajo de su padre. El señor Fernando lo hará.

–          Eso no, no puede hacer eso… no, no, no. Fernando es un adicto y un mal viviente.

–          ¿tienes pruebas de ello?

–          Pues no, no exactamente…

–          Entonces retire las acusaciones, pequeño. Son bastante graves e indignas. Se mudará mañana a primera hora. Por lo pronto comenzaremos con la limpieza del lugar.

–          Pero está limpio.

–          Sin duda, veo que los suelos son brillantes e incluso las cortinas parecen recién traídas de lavandería, pero no es a eso a lo que me refiero. Tienen ustedes muchas zarigüeyas, muchacho.

–          ¿Zarigüeyas?

–          Empleados. No necesitamos tantos peones.

–          Pero…

–          Resulta obvio que tienen problemas de administración aquí ¿tienen una lista de empleados, pequeño?

–          No puede despedir…

–          No lo haré yo, lo hará su tío. ¿podrías decirle a la muchacha esa que me traiga una taza de té? Ah, pero no le digas que sea quizá su última tarea –  soltó una carcajada.

Después de beber la taza de té, siguió hablando mientras estudiaba la lista de empleados y otro montón de documentos. Hacía anotaciones y de vez en cuando, se rascaba la nariz con delicadeza. Como para evitar que perdiera esa increíble simetría.

Una vez terminada la sesión del día, la ¨institutriz¨, como le gustaba que le llamaran, se retiró a la habitación que le habían preparado.

Esteban tomó el transporte colectivo hasta la comandancia, donde su padre estaba esperando en la sala de visitas. Moisés sonreía al ver a su hijo entrar, pero al ver su rostro, la consternación se apoderó de él. Esteban sonreía el 98% del tiempo. Cuando no lo hacía era porque algo andaba de verdad mal.

Esteban había decidido calmarse, no juzgar a su padre y preguntárselo de manera delicada. Lo más seguro era que Moisés no fuera culpable de nada, Fernando sólo intentaba molestarlo. Pero al entrar en la comandancia no pudo evitar sentir un poco de rabia. El sólo hecho de pensar en que pudo haber tenido una infancia normal… mejor dicho, más normal… lo molestaba de verdad. Ser el único niño del salón de kínder, primaria y secundaria que se quedaba en las gradas el 10 de mayo no era una memoria alegre.

–          Esteban, ¿estás bien? Hijo…

–          Tengo que hablar contigo, fui con Fernando…

–          ¡Me desobedeciste! ¿Qué tienes en la cabeza? ¿Por qué te es tan difícil entender que no eres… que no somos…

–          Eso no importa ahora, lo que importa es algo que me dijo ese tipo.

–          ¿Por qué no te cabe en la cabeza que tienes padre y que…

–          Me dijo que…

–          ¡Calla! Mientras te este hablando quiero que…

–          Tú habías tenido la culpa de…

–          Te calles y pongas atención, como debe ser…

–          La muerte de mi mamá.

Se hizo el silencio. Moises bajó el dedo con el que señalaba a su hijo y comenzó a temblar. Los lentes le colgaban de un lado y se los acomodó en gesto nervioso. Tomó asiento y evitó la mirada de su hijo.

–          Papá… ¿es cierto?

–          Estaban… ¿Por qué haces esto?  Ya te he dicho antes lo que pasó.

–          Papá… por favor. ¿Es cierto?

–          Tenía miedo, Esteban – confesó trémulo – no sabes cuánto lo siento.

Esteban se dejó caer en el asiento, temblando y un poco sudoroso. Entonces, Moisés comenzó a narrarle la historia de su nacimiento.

En el siguiente capítulo:

–          ¡vaya, vaya, vaya! Así que este es el imperio de Moisés…

Capítulos anterioses:

1. https://theibidem.wordpress.com/2010/07/31/un-chico-honesto-capitulo-1/

2. https://theibidem.wordpress.com/2010/08/14/un-chico-honesto-capitulo-ii/

3. https://theibidem.wordpress.com/2010/08/28/un-chico-honesto-capitulo-iii/

4. https://theibidem.wordpress.com/2010/09/11/un-chico-honesto-capitulo-iv/

Corazón de chocolate y chispitas en el centro. Cuentos de Niños Muertos

Cuentos de Niños Muertos:

Corazón de chocolate y chispitas en el centro

Tienes que seguir una dieta – afirmó el Doctor Lorenzo porque el pobre de Martín era exageradamente obeso, tenía llena la pancita de caramelos y frituras, que comía mientras veía caricaturas. Cuando salía a jugar al parque se cansaba rápidamente, y lo que decía la gente al verlo ahí sentado  era tan mal educado como eructar en la mesa o rascarse la cabeza.

Martín ha sido regordete desde que tiene memoria, y precisamente de eso  se trata esta historia: cuéntoles ahora que el niño tenía dos problemas: uno era la gordura y el otro su torpeza, lo primero era tortura y lo segundo por nobleza. Tenía tanta azúcar en sus anchas venas por lo  que el corazón se le había vuelto de espeso chocolate. Y fueron tales las penas que sufrió Martincito cuando paseando por la veda le falló el corazoncito. Lo subieron a una camilla entre nueve paramédicos – uno se fracturo la rodilla y por supuesto se puso histérico- la mamá de Martincito apenada en la acera, los ojos en ella puestos y los de ella en la carretera.

Ya sabemos lo que le dijo el Doctor que tenía que obedecer, pues si no se cuidaba podría pronto fallecer, si no dejaba a sus amigos: la tele y el helado, acabaría bajo tierra muerto y sepultado.

A Martín le asustó  mucho aquella idea por lo que decidió cambiar su corazón de chocolate por uno de avena. El pobrecillo se esforzaría más y más por ser esbelto o por lo menos igual a sus papás. Una dieta rica en verduras, frutas y fresca agua mineral. El primer día de la dieta fue casi espectacular, pero dejen que les platique como estuvo el final.

Al despertar,  Martín tomó jugo de naranja, pan tostado y ensalada mas no le lleno la panza. Por la tarde comió sándwich vegetariano, y por supuesto que no le lleno el… plato. ¡Ah! Pero en la cena su mamita le trajo un regalo al buen muchachito que tan bien se había portado, le trajo una caja repleta de donas, al cabo unas cuantas no le harían daño, no tendría por qué engullírselas todas.  Al ver las chispitas de muchos colores los ojos de Martín brillaron soñados, se hundieron en esas mejillas que dos kilos ya habían adelgazado, una dona rosa… una blanca… una amarilla… una naranja… yum, yum, yum … come otro pedacito, que al cabo mi niño, ya te ves más flaquito.

Al cabo de dos minutos chispitas salían de sus fosas nasales, estaba en la sala de urgencias con severos problemas cardiacos e intestinales.

De que aprendió la lección no hay mucha certeza, pero seguro que a su pastel nunca le faltó cereza.

FIN

Por: Ana Teresa.

Un chico honesto. Capitulo IV

Un chico honesto.

Capítulo IV

–          De nada me sirven aquí – aseveró Moisés –  las cosas caen por su propio peso, yo no hice nada y eso se resolverá cuanto antes, estoy seguro.

–          Pero papá, no te podemos dejar aquí, ¿Cuánto sería por la fianza?

–          No me darán fianza, había más de 400gr en el cobertizo, ¿de dónde salieron? No tengo idea, pero eso ya no nos corresponde, Esteban. Tendrás que olvidarte del asunto de tu tío por un tiempo, ve a casa y encárgate de todo, arregla lo necesario para cuando llegue el trabajador social y asegúrate de…

–          No, no me puedo olvidar de lo de Fernando. Papá, creo que el tiene que ver con esto.

–          Si es así, déjaselo a la policía. Ellos saben lo que hacen, solo…

–          Si supieran lo que hacen…

–          ¡Cállate ya, Esteban! – exclamó Moisés, irritado. El guardia levantó la vista y meneó la cabeza, transmitiendo un mensaje que cualquier hombre prudente comprendería con facilidad  – llevo años  dejando que te expreses y apoyando tus ideas más alocadas, pero esto es distinto. Ahora corremos peligro, y más importante aún, el asilo está en riesgo. No necesitamos a Holmes ahora, ¿está bien?

–          Está bien… lo siento.

–          No, yo lo siento. No se supone que tengas que pasar por cosas como estas.

–          Ya, ya. No es tu culpa.

–          Se acabó el tiempo, se tiene que retirar – intervino un policía obeso, que llevaba quizá una semana sin ver una navaja de rasurar.

Esteban camino por los pasillos de la penitenciaria cabizbajo, pensativo. Obedecería a su padre, ¿oh no? Estaba seguro de que lo intentaría.

Llegando a casa las cosas se pusieron aun peor. La mayoría de los niños inscritos en guardería habían sido recogidos y sus suscripciones anuladas. Uno de los intendentes había renunciado y la contestadora estaba llena. Caro estaba en la cocina, con Maritza, preparando una avena para la cena.

–          ¿Qué pasó? ¿está bien? – exclamó al verlo entrar, casi derramando la olla con leche caliente.

–          Si, está bien. Todavía no sabemos que vaya a pasar, aparentemente en esos lugares nunca saben nada.

–          Ya verá que saldrán bien las cosas, muchacho – animó Maritza – Dios aprieta, pero no ahorca.

Ahora, solo en su habitación y echado boca arriba, se puso a pensar. ¿Qué está pasando? Fue lo primero que llegó a su cabeza. La repuesta era simple y a la vez muy compleja. Simplemente, todo se está derrumbando. ¿Era eso una suposición pesimista? Sin estar seguro de por qué, tenía la certeza de que no lo era. De hecho, era una idea muy lógica. Entonces llegó a su cabeza una pregunta aun más inquietante y de apariencia más relevante. ¿Fernando había tenido algo que ver? Caviló en la idea por unos segundos y cuando recordó su torcida sonrisa y el tono socarrón de su pregunta ¿Qué ha pasado?, tuvo la certeza de que así era. Ese hombre había tenido que ver. ¿Por qué? No tenía idea. Sabía que Fernando nunca se había llevado bien con Moisés. Papá lo evitaba, pero al fin y al cabo ¿Quién frecuentaría a un adicto y traficante? Incluso Beatriz, madre de Esteban, solía evitarlo de manera disimulada. Después, cuando Beatriz murió, las cosas se habían puesto aun más tensas. ¿Podría ser esa la razón? ¿Podría haber estado maquinando una venganza durante casi dos décadas? Le parecía demasiado tiempo para planear una venganza de esa clase… tenía que haber algo más. ¿Sería a caso posible que, después de tantos años, en la maraña de azorados pensamientos de Fernando, hubiera surgido el recuerdo de su ¨amada¨ hermana, y  con él una irracional ira y deseo de venganza hacia el hombre que la tomó por esposa? ¿Sería posible que después de tantos años de ignorar tal asunto, la idea de destruir lo que quedaba de esa familia ya malherida y lacerada, le pareciera justa y necesaria? Claro está que un hombre racional no pensaría de tal manera. Sin embargo, pensó, los adictos no son famosos por su capacidad de razonamiento. Además ¿Por qué habría de odiarlos? Beatriz había muerto por motivos fuera del control humano. Sería completamente absurdo que los odiara por tal razon. Ni siquiera se había presentado a la ceremonia o al entierro.  Los adictos no son famosos…

–          Por su capacidad de razonamiento – completo en voz alta.

Bajo entonces a donde se encontraban los trabajadores, esperando una voz de mando o alguna noticia. ¿Qué les vas a decir? Se pregunto, y no encontró respuesta. Parece que te han  tomado por sorpresa, Holmes. Esta no te la esperabas. Uno siempre piensa que tiene al toro por los cuernos,  pero cuando menos te lo esperas, da un salto, se pone detrás de ti y si no te cuidas…

–          ¿Qué vamos a hacer? – cuestiono Jacinto, con rostro afligido, metido en el viejo y sucio overol de trabajo.

–          Pues lo mismo que se hace todos los días – tratar de conquistar al mundo, dijo para sí – mantener este lugar a flote. Mañana por la tarde llega el trabajador social, quien se hará cargo de este lugar mientras papá este fuera. Tenemos que tener el asilo brillante y oliendo a rosas. Estará aquí a las 3, según me dijeron, así que llegando comienzan la faena. Tenemos solo tres niños para guardería mañana, cancélenlos. Solo produzcan alimento para los internos.

–          Joven – llamo una de las enfermeras – ¿Qué hay de la señora en coma? La de la habitación 17

–          Tendrán que hacerse cargo de ella, obviamente. Papá lo hace, pero si no está…

–          Bien, joven. Disculpe, fue una pregunta…

–          Nada, está bien. Todos estamos nerviosos.

Salió al patio de juegos, donde los columpios se balanceaban por el viento y el arenero descansaba, con sus pequeñas dunas mirando a las estrellas. ¿Ahora qué? Se pregunto.

–          ¿asustado?

–          Algo así. La verdad no sé, no estoy seguro.

–          No hay nada de malo en sentir miedo. Es lo más normal. Sin miedo no tendríamos motivaciones.

–          Habla usted con sabiduría, bella dama.

–          No deberías sorprenderte – replico Caro, sentándose a su lado.

–          Creo que mañana…

–          Creo que deberías obedecer a tu padre.

–          Sí, eso creí yo también. Pero…

–          ¿crees poder resolverlo?

–          No lo sé.

–          ¿y por eso tienes miedo?

–          Creo que sí.

–          Si te da miedo no saber, entonces descúbrelo.

–          ¿a qué te refieres?

–          Si no sabes…

Se paro y se fue, dejando la frase a medio terminar flotando en el aire. A pesar de su pregunta, Esteban sabía lo que Caro quería decir. Dejaba el obedecer a su padre a su elección, a pesar de haberle hecho esa sugerencia indirecta. Caro lo conocía bien y sabia que él se detendría si la situación resultaba más perjudicial que beneficiosa, pero aun así, tenia miedo. Igual que Esteban. Decidió que tenía una visita que realizar la mañana siguiente. Tal vez la visita más importante de los últimos años. Tal vez, incluso, de su vida.

El sol se alzaba alto en el cielo, dando ánimos a los empleados del asilo a realizar sus labores con eficiencia y energía, compensándolos así por las penas del día anterior y las que estaban por llegar. Sin tomar desayuno o decir algo a alguien, Esteban cruzo la calle y se encontré una vez más frente al sucio porche de su tío Fernando. Toco la puerta, con la certeza de que no abrirían, pero esta se aparto de su puño antes del tercer golpe. Y ahí estaba Fernando, con una taza de café en la mano, con su cabeza medio calva y su rostro carcomido por las adicciones y la mala vida.

–          ¿se te ofrece algo?

–          Tu sabes a que vengo

–          No, no tengo idea… oh, espera… ¿vienes por más droga? ¿te la has echado ya toda? No me sorprende, teniendo un papá como el tuyo…

–          Ni siquiera me lleve tu porquería, la deje botada en…

–          ¿la dejaste botada en…?

Las cosas no iban muy bien… las cosas iban mal. Avanzo un par de pasos, entrando en la casa. Había un aroma dulzón en el aire.

–          Creo que te la has llevado, pequeño. Yo que tu, la buscaba entre mis porquerías cuanto antes. En cualquier momento llegara el trabajador social y si encuentra algo así… no, no, no. Solo Dios sabe lo que pasaría.

–          ¿Por qué pusiste toda esa…

–          Yo no puse nada

–          No soy idiota, se que tú fuiste.

–          ¿no eres idiota?

–          ¡No te hemos hecho nada! ¿Por qué…

–          ¡Él la mato! – exclamo iracundo – ¡ese idiota engreído tiene la culpa!

Esteban se paralizo. ¿Sería posible que todas sus sospechas fueran ciertas?  Observo el desfigurado rostro de Fernando y solo encontró miseria. Había odio, rencor y tristeza. Sus labios se contrajeron en un horrendo gesto enojado y sus cejas de unieron en el centro, casi desapareciendo entre las arrugas de su frente.

–          ¿De qué hablas?

–          ¡No sabes! JA, JA ¡mira que el muy bastardo la ha hecho buena! ¡pues nada más para que lo sepas, pequeño idiota, tu padre fue el culpable de la muerte de mi hermana! ¡Tu madre!

–          Eso no es cierto – espeto convencido – mi madre murió en el parto, no había nada que se pudiera hacer.

–          Oh, claro. Y tú lo recuerdas, por supuesto.

–          Pues no, pero eso me…

–          Eso te han dicho.

Esteban enmudeció.

–          Había algo que se podía hacer, siempre lo hubo. Pero tu padre… ese idiota… tal vez deberías hablar con él y descubrirlo por ti mismo, pedazo de estúpido.

Y después, lo empujó hasta la salida y cerró la puerta provocando un estruendo vibrante que sacudió las ventanas.

¿Habría algo que Moisés ocultó de esa vieja historia? Esteban solo había logrado desenterrar más preguntas. ¿Era papá responsable de la muerte de Beatriz? ¿Sería posible? ¿Por qué mentiría?  Regresó a su habitación, sin mirar a los lados y sin hablar a nadie. En unas horas llegaría el nuevo encargado, después, iría a visitar a Moisés, y tenía varias preguntas que hacerle.

En nuestro próximo capítulo:

–          Tenía miedo, Esteban – confeso trémulo – no sabes cuánto lo siento.

–          Resulta obvio que tiene problemas de administración aquí. ¿tienes una lista de empleados, pequeño?

Capitulos previos:

1. https://theibidem.wordpress.com/2010/07/31/un-chico-honesto-capitulo-1/

2. https://theibidem.wordpress.com/2010/08/14/un-chico-honesto-capitulo-ii/

3. https://theibidem.wordpress.com/2010/08/28/un-chico-honesto-capitulo-iii/

Milagros a Color. Episodio II

Milagros a Color

Ana Teresa

Episodio II

-Olvidaste cerrar la puerta de nuevo, Leo.- dijo Antonia, una vieja mujer que vivía con Leonardo. No era su madre, ni su mujer, tampoco era su hermana. Creo que era algo más bien como su ama de llaves. El trabajo le quedaba cómodo, puesto que la única llave que tenía que cargar era la del portón  principal.

– Lo siento, Antonia- contestó él- ahora la cierro, sólo dame un segundo.

Leonardo trabajaba en el sótano de su casa. El cual era un lugar tibio, espacioso y muy aseado, mérito que tal vez debamos atribuirle a Antonia. Como buen fotógrafo mantenía su colección dorada, su obra maestra, algo que a nadie más le interesaba en el mundo como a él.

A la gente sólo le interesaban las fotografías de la prima Chuchis en su boda, del tío Marcelo en su graduación  y de la tía Begonia toda maquillada y llena de telas. Se trata de pura presunción y de nada más. Por supuesto que a nadie le interesaba Leonardo.

Recuerdo un lunes en el que la escala de grises de Leonardo Ocampo Segura se profanó.

[Sonido de timbre]

–          Buenísimos días amable señora.

–          Dígame, ¿en qué le puedo servir?- contestó Antonia, haciendo ese gesto con la boca.

–          Me haría un favor al contestarme la siguiente pregunta- sonrió el hombre del traje de rayas.

Con un asentimiento de cabeza, Antonia abrió la puerta a un ángulo de noventa grados.

–          Esta pregunta- comenzó a dar su discurso- se le ha hecho a reyes, a monarcas supremos, a conductores de televisión, a mimos en el parque… y todos han contestado – bajando la voz- erróneamente.

El gesto de la mujer se iba convirtiendo de escepticismo a totalmente lo contrario, mientras Eduardo de Montes acercaba su plástico rostro al de la anciana.

–          Pero confío, mi señora, en que usted sabe quién responderá sabiamente a mi interrogante.

Antonia sólo se le ocurría alguien más inteligente que ella, más inteligente que sus hijos y más inteligente que su difunto esposo, y aquél era Leonardito Ocampo.

*

–          Entonces dice usted que lo único que tengo que hacer es comprar una dotación de un año de estos…- hablaba Leonardo.

–          Milagros a Color- gritó Eduardo en un tono de sorpresa obviamente premeditado.

–          Sí, eso- asintió Leonardo.- Verá usted, ahora mi negocio no va como lo esperaba, y no consiguiente no dispongo de mucho efectivo.

–          Usted no se preocupe por eso, Leo, ¿te puedo tutear?, Leo. – preguntó Eduardo.

–          Um , bueno , pues supongo que sí- respondió.

–          Como te decía, Leo, los Milagros a Color no son meramente un “producto” que tú compras y nosotros te entregamos y nos despedimos, no, no, no.  Nosotros vamos más allá de eso.  Yo, por ser el representante oficial de la corporación  – aclaró estruendosamente su garganta- te ofrezco – mientras elevaba el volumen de la voz- a ti , Leonardo Ocampo Segura, una dotación completa de Milagros a Color. Todo si dices “Yo quiero un milagro a color”.

–          Yo … esperé , ¿sólo tengo que decir eso y ya?

–           Si si si si muchacho , si.

–          Yo quiero un milagro a color

Al decir esto el techo desapareció por completo, la mesita de centro se destruyó en mil colores y todo lo que podía alcanzar a divisar Leonardo era un camino de arena azul que guiaba hacia arriba, como una escalera.