Hombre en el bosque. Primera parte.

Hombre en el bosque.

Primera parte.  

Relato por: Ángel Fco.

Dos años han pasado desde que el horror llegó a mi vida con la brusquedad de las olas que arriban la costa en una noche tormentosa. Mentiría si dijera, a pesar del tiempo pasado, que el miedo ha dejado mi lado. Está aquí, presente. Quizá incluso, si es que tal cosa es posible, más tangible que ayer. Escucho su respiración a mis espaldas y el murmurar de sus paganas oraciones en medio de la noche, cuando el abismo de las tinieblas es infinito. No hay palabras, al menos conocidas,  que puedan expresar el terror que me azora.

He de presentarme antes de comenzar con mi relato, pues es mi deseo que haya constancia del autor del mismo para así garantizar al menos un poco de credibilidad. Y es que lo que contaré en las siguientes páginas no es algo fácil de comprender o creer.

Mi nombre es Cipriano Barrantes, soy Catedrático en la universidad de Palmita, al norte de Cabrito y a muchas millas al sur de Valle Negro, la naciente comunidad en el árido y despiadado desierto, cuya localización exacta no recuerdo ni trataré de hacerlo, pues no resulta imperioso. Imparto la materia de Ciencias Naturales, y Renato Oporto, el viejo amigo que me acompañó a esa última excursión a los vastos y grotescos bosques de Rinconada, al sur de Santa Inés, era también catedrático y todo un erudito en su materia. Impartía la clase de Botánica en la misma universidad que yo. Nos conocimos hace ya un par de décadas, desde entonces logramos un nivel de comunicación casi psíquico.  Aquel día había sido con ansias esperado; la marca en nuestros calendarios llevaba casi un trimestre y las maletas las teníamos hechas con una quincena de anticipación. Tomamos la locomotora discutiendo las funestas noticias que habían llegado a la universidad por parte de la sociedad literaria de Virginia. Allan Poe, escritor predilecto de Renato, acababa de fallecer. No era un tema en el cual me interesara, pero Renato parecía afectado. Había intercambiado cartas con el señor Poe y aparentemente, este había aceptado tomar un retiro en la universidad de Palmita, donde daría un par de conferencias acerca de esos cuentos de sangre y perversión que tanto gustan hoy en día. Y esa es la verdad, me temo; que aunque se empeñan en criticarles y condenarles, los cuentos enfermizos de esta naturaleza, muy a mi pesar, van aumentando su auge. Según la breve carta, había muerto de penas. Aunque dudo que las circunstancias hayan sido de un contexto tan limitado. Su esposa, la cual era también su jovencísima prima, válgame el Señor, había fallecido hacia no mucho tiempo. En el camino, Renato recitó una y otra vez las últimas líneas de ese sobrevalorado poema, El cuervo. He de aclarar que soy también una especie de crítico literario, publicado en El faro, La prensa y El pájaro verde, siendo los últimos dos de distribución nacional, y no dudaré en expresar mi opinión con respecto a estos escritos  de inexistente valor literario. Sin embargo, ahora que pienso en ellos y los horrores descritos en su prosa punzante, me parecen poco menos que nanas. Uno puede pensar que un hombre de mundo y erudito como su servidor, yace ya libre de inocencia psíquica; sin embargo, una vez visto aquello en las sombrías profundidades del bosque Rinconada, he perdido quizá, parte de la cordura que separa al hombre del animal irracional. 

Después de intentar desviar el tema por diversas vertientes con sutiles aproximaciones, pues no quería develar mi nulo interés hacia el tema que tanto apasionaba a mi amigo,  logré al fin  captar su atención con mis observaciones en cuanto a la vegetación del lugar. Aludir a las pasiones primarias de un erudito es lo mejor que se puede hacer para combatir sus muchas otras. Hablaba entonces sin parar, característica invariable de Renato, acerca de lo que podríamos recolectar en nuestro viaje. Especulaba emocionado, imaginando cuántos especímenes podría recoger y cuantos insectos llevaría a casa. Conto una y otra vez sus frascos y bolsas, para después comenzar a adherir las etiquetas correspondientes. Le comenté entonces que sería más complicado escribir los nombres en ellas ya puestas, y detuvo su labor. Llegamos después de un largo viaje al poblado de San José, donde tomamos una carroza lo más cerca que pudimos hasta el bosque. Continuamos entonces caminando, por un par de millas, observando fascinados los alrededores. La mañana había dejado lugar a la tarde, eran apenas unos minutos después de la una. Después de recorrer un largo tramo de rústica catadura, llegamos a la Posada de Santa Ana, donde nos esperaba ya un guía y un par de habitaciones bien provistas.

Caída ya la noche, después de una larga y cálida velada en el hogar de la posada, acompañados por el grupo de indígenas que habitaban en esa pequeña comunidad, nos retiramos a nuestras recamaras. Habíamos trazado líneas en un mapa, cuyos caminos recorreríamos al amanecer. La estridencia del viento se hacía audible por entre las  rendijas de unas puertas y ventanas corroídas por los años, mostrándonos su milenaria voluntad. Los árboles, enormes e imponentes titanes, se contorsionaban en macabra danza crepuscular, dibujándose en negro contra las estrellas, soltando una lluvia de hojas delgadas como navajas. Caminé por el pasillo, con sincero temor. Un hombre de ciencia sigue siendo humano, débil y trémulo, no importa cuanta cultura posea. Los temores más básicos son imborrables de la memoria del ser humano, como los círculos y líneas rectas que traza un artista en sus bocetos. Esas líneas son las que definen su obra.

Miedo a la oscuridad, a lo desconocido, a la lejanía de lo familiar y a encontrarse rodeado por lo ajeno. Atravesando la penumbra en aquella vieja posada, escuchando aun los tambores de los nativos que celebraban junto al hogar, sintiendo las vibraciones de los muros de madera ante la recia caricia de los vientos y sabiéndonos a una distancia mayor a  la abarcable a pie de cualquier civilización, sentí en mi interior un vacío enorme que todo lo abarcaba. Como si la gravedad se invirtiera en un extraño truco mal intencionado por parte de la lógica y la física. Por un instante me sentí cayendo a un vacio de negrura que jamás se vería iluminada por el sol o emoción humana. ¿A qué se debía esta sensación? Cavilé en ello largo rato, tendido bajo el edredón de la rústica cama, rodeado por jarrones y viejos estantes; pieles colgaban de los muros en aquella austera habitación y un jabalí, amenazante, me miraba desde la puerta frente a mí.  Después de reflexiones y divagaciones, atribuí mis sentimientos infundados, como todo hombre que conozca de psicología y comportamiento humano, a mi subconsciente.  ¡Oh! Estúpido de mí. Mi temor era algo que penetraba más profundo que el miedo al reconocimiento o cualquier trauma de la niñez. Somos idiotas, no me cabe duda, todos lo somos. ¿Es acaso inconcebible que haya cosas  en este mundo – cosas ocultas, presentes y por llegar – que el humano no puede explicar? Antes lo creía, pero después de aquel viaje a las montañas y oscuros bosques pestilentes de Rinconada, ciertamente estoy convencido de lo contrario. Sin embargo, puesto que como empedernido hombre de ciencia, me niego en lo más profundo de mí ser a no buscar motivos, creo tener una idea de lo que me provocó aquel sentimiento de horror en la posada indígena.

El olor de un animal en putrefacción es perceptible a la distancia, está ahí tanto para atraer a las moscas como para ahuyentar a los humanos. Sin embargo, hay algunos que lo perciben demasiado tarde, sienten las vomitivas convulsiones cuando ya caminan sobre los blancos y gordos gusanos, obscenamente llenos con la carne putrefacta y sangre coagulada. Pero hay otros, quizá afortunados, quizá condenados a vivir huyendo, que percibimos esos hedores a grandes distancias. He pensado en esto desde entonces y me parece más que posible que la maldad tenga un efecto similar.  La energía mala, aunque  me sienta como un metafísico charlatán asignando tal denominación, puede percibirse a la distancia, como el hedor de las carnes descompuestas de un cerdo.  Aquella noche sentí esa perversión a la distancia, y me estremecí  sin saber por qué. ¿De qué sirve poder sentir el mal a la distancia si no se sabe lo que es? ¿De qué sirve una habilidad como tal si no se pudo usar cuando más se necesitó? Tardía llegó a mí la conciencia de mis predicciones involuntarias. Fui un estúpido que a pesar de oler la negrura siguió caminando entre las podridas hojas del suelo, atrapando mariposas y dibujando hongos, hasta que era demasiado tarde y me hallé rodeado por los blancos gusanos a servicio de solo Dios sabe que amo oscuro.

A la mañana siguiente, la más bella de la que tengo memoria, pues el sol brillaba tras las altísimas cordilleras de blancos sombreretes, tiñendo las nubes de un naranja demencial contrastante con el celeste del cielo, nos dirigimos a pie hasta los límites de la comunidad, con nuestras mochilas en la espalda y un grupo de indígenas cargando el resto del equipaje. Para ese entonces, Renato había recolectado ya cuatro insectos, solo alrededor de la posada.  Dejamos atrás la casona de madera en la que habíamos dormido, pasando frente a un par de pequeños ranchos, adentrándonos al fin en la maleza, dejando a nuestras espaldas un camino que terminaba abruptamente interrumpido por un pedregal y un roble caído, rodeado de setas.

No hay peligro en el bosque, nos habían informado. Ésta era una de las pocas zonas que la supersticiosa tribu consideraba libre de maleficios. No había mitos o leyendas que giraran en torno a su inmensa oscuridad, ni relatos macabros de imposibles bestias ocultas entre sus árboles. Sin embargo, es en las telas más finas y blancas en las que la sangre es más memorable una vez que se ve derramada. Caminamos por más o menos tres horas, recogiendo muestras aquí y allá. Nos deteníamos con frecuencia para hacer bocetos rápidos o bien elaborados, dependiendo de qué tanto captara nuestro interés el animal, planta, roca o simple tronco. Al cumplirse la cuarta hora de expedición, nos detuvimos junto a un pequeño riachuelo a descansar. Sin saber por qué, la sensación de caída libre seguía turbando mi ser. Comimos carne seca y unas empanadas que habían preparado las mujeres de la tribu, no sabíamos de que estaban rellenas, pero seguramente no era puerco, pollo o res. Renato apenas había comido algo, se la pasaba levantando piedras y haciendo anotaciones, en frenética busca de conocimiento que satisficiera su insaciable curiosidad. No me mal entiendan, yo también hervía de emoción y hacia notas constantemente, sin embargo, había algo ahí que me incitaba a dar la vuelta y huir. Caminé a solas alejándome prudentemente de los hombres, crucé el arroyo trepando a un tronco putrefacto y blanco por el musgo seco en su corteza. Al otro lado, la vegetación era aun más tupida. Vi en la grieta de un árbol, que surgía de las raíces y subía aproximadamente tres metros por el tronco, una borraja. La borraja es una planta cubierta de bellos espinosos, cuyas flores son comestibles. Hay quienes  comen también las ramas y los tallos del arbusto, pero hasta ahora sólo he consumido su flor, la cual es dulce, con un sabor similar a la sandía, o al menos así me lo parece.  La observé por unos momentos, a pesar de ser un tanto ordinaria, siempre me ha parecido admirable. Cinco pétalos puntiagudos color azul profundo, que se unen en un centro blanco, coronado con una especie de garra casi negra, amenazante. Cualquiera pensaría que al morderla, sus puntas rasgaran la lengua, pero son tan blancas como sus pétalos, e incluso más dulces.  Tomé una y la mastiqué despacio, mientras miraba a mí alrededor, en busca de alguna otra sorpresa. Llegó entonces a mí un hedor despreciable… como excremento. Pero había algo en ese hedor que era perturbador, pues no se trataba del  hedor característico de los animales de bosque, el cual se define por su alimentación. Ese hedor era inconfundible,  eran heces humanas. ¿Había uno de los indígenas venido a concluir su ciclo fisiológico? Tuve la certeza de que no, puesto que acabábamos de llegar y yo era el primero en separarme del grupo. Eran recientes, eso era un hecho.  ¿Los miembros de la comunidad visitaban a menudo estos terrenos? Según las conversaciones la noche anterior, siempre que uno de los habitantes decidía pasear por el bosque, debía avisar al líder y hacer su paseo en compañía de al menos, un par de vecinos.

Tuve miedo una vez más, y decidí regresar con el grupo. Le preguntaría al líder, que era el hombre que nos guiaba, si había recibido noticias de algún grupo de exploradores, además de nosotros. Caminé entonces hasta el arroyo y trepé al tronco viejo, cuando noté el color del agua. Entre las corrientes finas del riachuelo, se dibujaban unas líneas oscuras color escarlata. Quedé paralizado al instante, sopesando las posibilidades. Estiré mi mano hasta tocar la fría agua y llevé los dedos a mi nariz. Era sangre, recién derramada y el lugar de origen no podía estar demasiado lejos, de lo contrario, se habría disuelto ya por completo y sería imperceptible a mis ojos. A menos que fuera vertida en copiosas cantidades. Giré al otro lado del tronco, en dirección contraria a la corriente y vi que, a no menos de un metro, había más que simples hilillos de sangre. Una gran mancha roja cubría las rocas bajo el riachuelo, y algo, muy similar a un pedazo de cebo, flotaba en la superficie. Temblé al pensar que más que algo ¨similar¨ fuera en realidad, un pedazo de carne.

Me levanté a prisa y terminé de cruzar el tronco, llegué agitado con los demás hombres, que me recibieron con risas y amena conversación. Sin embargo, al  ver la expresión de mi rostro, sus risas acallaron. Después de una explicación y un intercambio de preguntas y respuestas monosilábicas, decidieron ir a ver qué era lo que estaba pasando. Según el líder de la tribu, ningún hombre había solicitado permiso para explorar, y en esa zona del bosque, no había linces, osos, ni cualquier criatura come carne.

En efecto, las heces eran recientes y de origen humano. La sangre ya había sido arrastrada por la corriente, pero uno de los hombres bebió del agua y así respaldó mi historia. Después de escupir el trago entre los matorrales, se inclinó y levantó unas oraciones que Renato ni yo pudimos entender, pero todos guardamos silencio. El líder decidió que sería mejor volver al campamento, pero Renato se negó, y he de admitir, con  pesar, que yo también. Hay algo monstruoso dentro del hombre de ciencia, algo que rebasa la cordura y la sana curiosidad. Teníamos que saber de dónde provenía la sangre y de qué era. ¿Era animal? ¿Era humana?  El pensamiento de que provenía de un cuerpo humano era morboso, pero también alentador. Tal vez crean que he perdido la razón, pero así fue, alentador. Después de una larga discusión y de que dos hombres del grupo decidieran volver a la comunidad, continuamos el camino Renato, el líder, tres ayudantes, y yo.

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Un chico honesto. Capitulo VI.

Un chico honesto.

Capitulo VI.

Ese desgraciado las pagaría, todas y cada una. De entre la escoria que Fernando había conocido, Moisés y su hijo, el engreído intelectual Esteban, eran lo peor. Como los odiaba, simplemente no encontraba palabras cuando, postrado frente al espejo de su closet, elevaba sus oraciones a la santa muerte. ¿Por qué rezarle a la muerte? Al principio, cuando le habían presentado esta nueva… ¿religión? Le había parecido absurdo y extraño, incluso un poco oscuro y atemorizante. Pero el tiempo pasó, y las dosis se fueron acumulando en su sistema, a la vez que sus neuronas iban deteriorándose y su razonamiento encogiéndose, y, al final, terminó pareciéndole lo más lógico del mundo. Fernando ahora pertenecía a la muerte, y a ella dirigía todas sus oraciones.  ¿Por qué? Fernando llevaba años rezando, incluso mientras bebía o inhalaba, la virgencita se encontraba siempre en sus pensamientos. Pero la virgencita jamás venía. Unos decían que se aparecía en las noches en un hospital de la comunidad, la entrada siempre estaba cubierta con flores frescas y era frecuente ver a alguien inclinado, estorbando en la puerta el flujo de pacientes. Fernando había visitado el lugar incontables veces, con la esperanza de verla, de saber que era real. De tener la total certeza de la existencia de ese ser tan magnífico que, en algunas ocasiones especiales, le hablaba con tierna voz, siempre muy similar a la de su abuela, la que murió mientras lo abrazaba y lo despertó por su frio anciano cuerpo en una mañana tormentosa. Jamás olvidaría cuanto trabajo le había costado soltarse de sus brazos tiesos. Al principio pensó que era un juego, pero supo que no era así al sentir la humedad de la orina y la rigidez de sus brazos. Escuchar su voz era tranquilizante… e inquietante. Ni una sola vez pudo verla. La virgen, pensó, no le quería. O simplemente no existe. Buscó entonces algo real, tangible. Algo completamente innegable, un hecho científico e irrefutable. Entonces recordó aquel culto al que pertenecían varios de sus proveedores y así fue como se inicio en la adoración por la santa muerte.

Apenas terminaba de vaciar las cajas en la sala. Tenía que asegurarse de que pareciera una casa decente, sin rastros de suciedad ni de hábitos indebidos. Si las cosas iban a salir de acuerdo al plan, encarcelarían al bastardo de…

Tocaban la puerta.

Atendió y resultó ser una grata sorpresa. El hijo de Moisés, Estebitan, había llegado a facilitarle la vida. Al principio le pareció que era una trampa y se sintió atemorizado, después, no le importó. Su plan ya estaba en movimiento y su buen amigo ya había depositado los paquetes en el cobertizo. La llamada quizá, ya había sido hecha. Así que habló con él por buen rato, y dirigió la conversación hacia el tema que le interesaba. La mercancía. Al final, resultó que Esteban estaba interesado, quizá más de lo que esperaba. A pesar del sentimiento de que podía ser una trampa, le entregó una dosis. ¿Qué más da? En caso de caer preso por dar un paso fuera de su finamente trazado mapa, la santa muerte siempre estaría ahí para él. Tan real como la oscuridad de la noche. Acompañó al chico hasta la salida y al abrir la puerta, disfrutó lo que vio. Se hizo el tonto preguntando ¿Qué ha pasado?  Y después la alegría lo recorrió al ver el desconcierto en la cara del chico. Las cosas iban sobre ruedas. Mejor, iban volando. Observó todo unos segundos y vio como la patrulla se llevaba al estúpido de Moisés. Cerró la puerta ante la estúpida mirada de Esteban y se sentó a pensar como ese estúpido lugar pronto sería suyo.

Se lo merecían. Destruiría ese centro de porquería como se destruye un panal de estúpidas abejas. Estúpidos, estúpidos. Imbéciles. Todos y cada uno. Estúpidos, estúpidos. Principalmente ese hijo perra de Moisés. Miró al techo, echado en el sofá de la sala, estremeciéndose por la falta de droga. Sólo una dosis mínima, pensó. La tomó y el temblor en sus extremidades cesó. Entonces recordó esa película de la infancia… un elefante que podía volar. ¿Cómo iba esa linda canción? Cuando el elefantito se embriaga, con sus ojitos oscurecidos… cuando esos elefantes de colores e inclasificables formas… ¿Cómo iba? ¿Quién es? ¿Quién va? Ya empiezan a desfilar. Vienen ya,
mira qué saltos dan. Serán quizá, parientes de Satanás.

¿Si decía así?… no estaba seguro, pero le parecía que sonaba bien. Ya están aquí, en torno a la cama van al revés, como acróbatas, terror me dan, me quieren enloquecer.

Pero a Fernando nada lo podría perturbar. No señor. Absolutamente nada. Reía tendido en el sofá, retorciéndose y babeando. No podía excederse en las dosis, tenía que mantenerse lúcido. El chamaco idiota sólo necesitaba unos días para cumplir la mayoría de edad y entonces, no estaba seguro de que su plan fuera útil. Tenía que quemar esa choza en menos de una semana. Tenía que hacerlo arder. Y si todos esos inválidos y ancianos, niños cagados y viejas sirvientas estaban adentro, mucho, mucho mejor.

Ahora, un día después, yacía sentado en la sala esperando la llegada de nuevas noticias. Según su amigo, la mujer encargada llegaría ese mismo día.

Unas horas después, ya tenía una cita con ella. Al parecer, mañana tendría que despedir a algunas personas… sonaba divertido.

Esa noche soñó con los elefantes… bailaban y cantaban, con sus rostros asimétricos y sus miradas pervertidas. Uno de ellos tenía el rictus de su abuela, y orinaba mientras daba piruetas en el aire. Su hermana estaba montada en uno de los elefantes más altos, uno de color azul. Entonces, su vientre se hinchaba y ella caía del animal, reventándose como un globo lleno de agua. Despertó jadeante y exaltado. Tomó un baño y se puso su mejor ropa. Primero sería la entrevista, tenía que quedar bien. Revisó su tabique nasal y vio que estaba completamente cicatrizado. Las marcas en sus brazos estaban casi desvanecidas, pero la capa de maquillaje terminaba el trabajo. Cruzó la calle sintiendo leves temblores en las rodillas por la falta de su dosis diaria, pero tendría que soportar… no. No había manera. Regresó y tomó una pastilla, eso sería suficiente. Lo mantendría calmado y funcional. Regresó entonces riendo entre dientes mientras recordaba lo estúpido que había sido de niño al pensar que su abuela jugaba con él. Tocó a la puerta y le abrió Jacinto, quien lo miró con una mal disimulada expresión de temor y preocupación.

Lo pasó y, con la soltura de un vaquero en cantina, exclamó:

–            ¡Vaya, vaya, vaya! Así que este es el imperio de Moisés…

–          Me temo que ya no más – respondió Laurette, mientras bajaba elegantemente las escaleras, en un traje que decía ¨besa mis pies, mortal¨

–          Usted debe ser…

–          Laurette Graham, servidora social.

–          Mucho gusto.

–          Así es. En fin, usted debe ser Fernando.

–          Correcto, vine porque recibí una…

–          No tengo tiempo que perder. Sígame, veremos los documentos y haremos el papeleo. Usted tomará control en un día o dos. Tengo un viaje pendiente.

Caminaron hasta la oficina, mientras Esteban pensada en la conversación que había tenido con su padre en la comandancia… aun no lo podía creer.

El anciano se quedó parado junto a la puerta. Fernando entendió su nerviosismo, pero si ese idiota lo echaba todo a perder, moriría. Podía tenerlo por seguro. No importaba que hubiera puesto los paquetes en el cobertizo… si lo echaba a perder, sufriría. Sufriría muchísimo. Jacinto se dejó caer en la banca de recepción, pensando en lo que había hecho.

En nuestro próximo capítulo:

–          Desconéctenlos. A todos.

Bitácora. Nota 1. Por: Ana Teresa

                   

NOTA 1

                 Siempre quise encontrar el tiempo para cada cosa, saber cómo administrarme a mi misma para alcanzar a ser lo que deseara. Pero lamentablemente no pude sobrellevar el ritmo y mucho menos llevar la carga. Disculpa que lo diga, sólo pido que no lo tomes como una excusa o algo por el estilo…sabes que no es mi intención.

Para cuando termines de leer esto, te habrás dado cuenta de que las hojas no son lo que solían ser, los murmullos del viento ya no cantan como lo hacían, ni el reflejo tenue del cristal te mira como solía hacerlo años atrás.  De ti siempre me agradó la soltura con que expresabas lo vivido, sin esperar respuesta lanzabas tus palabras como se lanzan las aves al vuelo, y yo, tan lejos.

Mi mente nunca ha sido mía, siempre le ha pertenecido a las ideas arraigadas que conforman una galaxia de dudas. Llámame misteriosa, si así quieres; cerrada , si así lo deseas, la verdad es que si me defines de un modo o de otro no tendrá importancia alguna.  Ya no importa nada.

Una idea puede nacer, desarrollarse y reproducirse, sin embargo nunca muere. Y tal es así, que no pude cambiar mi destino, por más que traté de erradicar las palabras que tantas veces había escuchado con esa voz mental, por miedo a  pronunciar. No, me negaba. No, no voy a hacer tal cosa , no podría sobrellevarlo jamás.

La idea, se paseaba o me paseaba más bien a mí como un perro. ¡Yo era el perro de la idea! Allí comenzó todo, cuando me di por vencida, me convencí de que yo no tenía el control.

Como te dije, espero entiendas mis razones, las cuales están basadas en inútiles fundamentos que nunca comprendiste. Como solias decir ” No existe camino si no hay quien lo transite”  pues ahora yo te contesto ” No existen transeúntes si no hay camino”.

Jill

Bitácora es una serie de notas que encierran un embarazoso secreto. Léelos semana tras semana para averiguar lo que ha ocurrido.

Ana Teresa

Un chico honesto. Capitulo V.

Los golpes en la puerta lo despertaron de su corta siesta. Su sueño había sido profundo, pero no reparador. Se irguió y miró a sus pies, sintiéndose un poco mareado. La incertidumbre seguía masticando sus pensamientos como un roedor masca el cartón. Ahora más que nunca, sentía miedo. Miedo de descubrir que todo lo que le había contado su padre – única familia que tenía, aparte del nefasto Fernando – fuera una mentira. ¿Sería tal cosa posible? No podía estar seguro, pero pretendió estar convencido de que era una falsedad. Papá no haría tal cosa, se dijo.

–          Esteban ¿estás ahí? Llegaron los de trabajo social, quieren hablar con el encargado.

–          Ya voy, ahorita bajo.

Miró al techo, donde el halcón milenario seguía enfrentándose a las naves imperiales del malvado Darth Vader. ¿Hacia cuánto los había contemplado echado en su cama con un par de libros nuevos entre las manos?  Le pareció una eternidad, las cosas habían dado un giro radical desde aquel entonces y su vida parecía ir en picada.

Bajó entonces a recepción, después de tomarse un tiempo para lucir presentable y digno de trabajar en un asilo de prestigio, como el de su padre. Llegó con una expresión que decía ¨en este asilo todos somos gente decente y con ganas de superarse, aquí no nos andamos con chorradas y alucinógenos, así que no estén fregando y saquen a mi papá de esa jaula para cotorras, condenados idiotas¨

Primero vio a Caro, quien le ofreció una sonrisa en señal de apoyo, después vio a Jacinto, que se veía nervioso y un tanto preocupado.

–          Dice que necesita al encargado, pero hay un problema, Esteban.

–          ¿Problema?

–          Será mejor que entres, la trabajadora social parece… no lo sé.

Tomó la mano de Caro, esta apretó la suya y le señaló la puerta.

–          Dios te bendiga, Esteban.

Soltó la mano de su querida alcohólica y caminó hasta la puerta de la dirección, donde lo aguardaa la Srta. Graham. Al abrir la puerta no vio lo que esperaba. Se imaginaba encontrar a una mujer quizá un poco anciana, gorda, con pelo cano y mal agarrado en la nuca. Quizá un labial inadecuado para su tono de piel y un cutis lleno de grandes poros saturados de polvo blanco. Sin embargo, estaba sentada frente al escritorio de Moisés una mujer joven, esbelta. Metida en un traje  que decía ¨soy sexy, inteligente, y puedo romperte la nariz con el meñique. Háblale a la mano, perro lastimero¨  su nariz respingada y excesivamente simétrica asomaba desde un cutis  que no se diferenciaba del terciopelo. Sus ojos eran… eran… perfectos. No grandes, no chicos… simplemente exactos. Sus labios estaban delicadamente delineados con un color que los hacía resaltar solo lo justo y necesario. Esteban trastabillo al cerrar la puerta, sorprendido… quizá gratamente.

–          Buenas tardes – saludó tras reponerse de su afuero – Soy Esteban (segundo nombre y  apellidos han sido censurados)

–          Yo soy Laurette Graham. Trabajadora social de Instituto Nacional de Servicios Educativos y Recreaciones Rehabilitacionales.

–          Mucho gusto. Me dijeron que tendríamos problemas, en cuanto a lo del encargado…

–          Así es, me temo que sólo puedo quedarme en el asilo una semana, a lo mucho una y media.

–          Ya veo, no se preocupe. Papá no estará mucho tiempo en… en la cárcel. Saldrá antes de la semana, estoy segurísimo de eso.

–          No lo creo, pequeño. Tu padre está metido en problemas serios. Sea culpable o no…

–          No lo es.

–          Sea culpable o no – repitió Laurette con mirada severa – esas cosas pueden tomar semanas. Incluso meses. Así que déjate de lloriqueos – Oh, pensó esteban… nos llevaremos de maravilla.

–          Está bien. Como usted diga, madame. ¿Qué quiere que haga?

–          Me han dicho que tienes apenas 17 años, por lo que no puedes tomar decisiones en cuanto a las empresas de tu padre.

–          Pero en sólo…

–          Así que…

–          En una semana cumplo los 18…

–          Llame a…

–          No será necesario…

–          El señor…

–          Ud. Puede quedarse esa semana y ya verá…

–          Fernando, tengo entendido que es su tío.

Silencio. ¿Era tal cosa… posible? Esteban quedó boquiabierto.

–          El señor ha accedido a trasladarse a las instalaciones por esta semana, en lo que usted cumple la mayoría de edad. Yo sólo soy un apoyo,  no vengo a hacer el trabajo de su padre. El señor Fernando lo hará.

–          Eso no, no puede hacer eso… no, no, no. Fernando es un adicto y un mal viviente.

–          ¿tienes pruebas de ello?

–          Pues no, no exactamente…

–          Entonces retire las acusaciones, pequeño. Son bastante graves e indignas. Se mudará mañana a primera hora. Por lo pronto comenzaremos con la limpieza del lugar.

–          Pero está limpio.

–          Sin duda, veo que los suelos son brillantes e incluso las cortinas parecen recién traídas de lavandería, pero no es a eso a lo que me refiero. Tienen ustedes muchas zarigüeyas, muchacho.

–          ¿Zarigüeyas?

–          Empleados. No necesitamos tantos peones.

–          Pero…

–          Resulta obvio que tienen problemas de administración aquí ¿tienen una lista de empleados, pequeño?

–          No puede despedir…

–          No lo haré yo, lo hará su tío. ¿podrías decirle a la muchacha esa que me traiga una taza de té? Ah, pero no le digas que sea quizá su última tarea –  soltó una carcajada.

Después de beber la taza de té, siguió hablando mientras estudiaba la lista de empleados y otro montón de documentos. Hacía anotaciones y de vez en cuando, se rascaba la nariz con delicadeza. Como para evitar que perdiera esa increíble simetría.

Una vez terminada la sesión del día, la ¨institutriz¨, como le gustaba que le llamaran, se retiró a la habitación que le habían preparado.

Esteban tomó el transporte colectivo hasta la comandancia, donde su padre estaba esperando en la sala de visitas. Moisés sonreía al ver a su hijo entrar, pero al ver su rostro, la consternación se apoderó de él. Esteban sonreía el 98% del tiempo. Cuando no lo hacía era porque algo andaba de verdad mal.

Esteban había decidido calmarse, no juzgar a su padre y preguntárselo de manera delicada. Lo más seguro era que Moisés no fuera culpable de nada, Fernando sólo intentaba molestarlo. Pero al entrar en la comandancia no pudo evitar sentir un poco de rabia. El sólo hecho de pensar en que pudo haber tenido una infancia normal… mejor dicho, más normal… lo molestaba de verdad. Ser el único niño del salón de kínder, primaria y secundaria que se quedaba en las gradas el 10 de mayo no era una memoria alegre.

–          Esteban, ¿estás bien? Hijo…

–          Tengo que hablar contigo, fui con Fernando…

–          ¡Me desobedeciste! ¿Qué tienes en la cabeza? ¿Por qué te es tan difícil entender que no eres… que no somos…

–          Eso no importa ahora, lo que importa es algo que me dijo ese tipo.

–          ¿Por qué no te cabe en la cabeza que tienes padre y que…

–          Me dijo que…

–          ¡Calla! Mientras te este hablando quiero que…

–          Tú habías tenido la culpa de…

–          Te calles y pongas atención, como debe ser…

–          La muerte de mi mamá.

Se hizo el silencio. Moises bajó el dedo con el que señalaba a su hijo y comenzó a temblar. Los lentes le colgaban de un lado y se los acomodó en gesto nervioso. Tomó asiento y evitó la mirada de su hijo.

–          Papá… ¿es cierto?

–          Estaban… ¿Por qué haces esto?  Ya te he dicho antes lo que pasó.

–          Papá… por favor. ¿Es cierto?

–          Tenía miedo, Esteban – confesó trémulo – no sabes cuánto lo siento.

Esteban se dejó caer en el asiento, temblando y un poco sudoroso. Entonces, Moisés comenzó a narrarle la historia de su nacimiento.

En el siguiente capítulo:

–          ¡vaya, vaya, vaya! Así que este es el imperio de Moisés…

Capítulos anterioses:

1. https://theibidem.wordpress.com/2010/07/31/un-chico-honesto-capitulo-1/

2. https://theibidem.wordpress.com/2010/08/14/un-chico-honesto-capitulo-ii/

3. https://theibidem.wordpress.com/2010/08/28/un-chico-honesto-capitulo-iii/

4. https://theibidem.wordpress.com/2010/09/11/un-chico-honesto-capitulo-iv/

Recopilación de pequeños relatos. Ángel Fco.

 

Esta es una serie de relatos cortísimos que escribí para un pequeño concurso hace un par de meses, el cual, cabe mencionar, no gane. Pero la vida es larga y los premios efímeros; se los presento con algunos arreglos y añadiduras, ya que el concurso era para setenta palabras.

 Este relato es la base de la cual surgió ¨La dama¨, relato que ya he publicado con anterioridad en IBIDEM. Aquí esta la primera parte de tres:

 https://theibidem.wordpress.com/2010/06/26/%c2%a8la-dama%c2%a8-relato-por-angel-fco/

 No. 1:

– Las manos del agua, papi. Las manos del agua – había dicho Tony con lágrimas en los ojos hace unos días.

– Dijiste que no volverías. ¿Por qué te lo llevaste? – grito con odio Esteban, mirando su reflejo en el rio.

– Teníamos un trato – respondió su reflejo – Jamás debías traerlo.

– Te extrañe

Del agua salieron unos dedos, acariciaron sus labios.

– Ahora es mío.

El siguiente relato es la historia de una niña con serior problemas de autoestima y desviaciones de tipo sexual. Es un tema que pienso tocar con mayor profundidad, debido a las grandes implicaciones que conlleva y a la complejidad de los traumas de este tipo.

No. 2

– Di que soy hermosa – exigió Mariza. Sus labios enormes y abultados tenían un color marrón oscuro, igual que su piel. Su barriga grande y fláccida.

– Pero no lo eres

– ¿entonces por qué me tocas así cuando duermo? – cuestiono con ojos burlones.

– No sé de que hablas. Me das asco

– ¡Cállate, estúpida! ¡Te odio, te odio! – arrojo su zapatilla al espejo.

– Fea y tonta – respondió este, con sus labios enormes y abultados – eres fea y tonta.

El tercer relato no tiene una historia tras de sí, pero creo que podría integrarse en una historia más larga en un futuro próximo.

No. 3

– Es un duende – dijo Armandito – lo sé porque es mi amigo. Me visita de noche y de día. Me habla en sueños y cuando estoy despierto. Me abraza y me besa. Un día yo seré un duende. Y tú también.

– ¿Por qué dices eso? ¿Te lo dijo él? – pregunto el Doctor.

– ¿Le gustan las ratas, Doctor? A mi si – afirmo con una sonrisa radiante – me gusta cortarlas.

Este fue el cuento con el que entre al concurso. Es como una breve presentacion a un personaje importante en una historia muy larga en la que estoy trabajando.

No. 4

Encontraron la mitad del cuerpo bajo la cama. Su piel y pijama roídas, sus ojos muy abiertos. Había bolas de excremento en las sabanas y el suelo. Su madre lloraba histérica en la calle.

– ¡La mujer conejo! – gritaba – ¡me lo dijo y no le creí!, la mujer conejo se lo ha comido.

En el fondo del ropero, la mujer conejo está escondida, lamiendo sus bigotes, esperando por la noche.

El quinto es una historia inspirada en una noticia que vi hace unos meses en television, pero es un tema muy cliche que no pienso explorar mucho mas a fondo.

No. 5

Bailamos juntos por horas, las ultimas 9 noches, moviéndonos como uno solo. Beso sus labios, no me corresponde, pero lo entiendo y la perdono. Mis labios fueron los últimos que beso. Mis ojos fueron los últimos que navegaron por el mar de su cuerpo. La sangre seca convirtió su cabello en una masa marrón. No me canso de olerla, es deliciosa. La regresare al congelador. No quiero que se dañe.

Y tenemos el último, que es una historia de abuso y venganza reprimida. Es un cuento muy sintetizado de una historia muy larga que forma parte de la misma recopilación que La mujer conejo.

No. 6

– ¿Dónde está papi? – pregunto Esther.

Mamá no respondió. Rasgaba con los dientes un pedazo de carne. Cenaron juntos en silencio.

En el sótano, papá se retorcía, con el pecho abierto y sin brazos. Pidiendo perdón por haber olvidado aquel juramento de hace unos años.

– Come tu carne, cariño. Cómela toda. Papá no cenara hoy, está castigado.

– ¿Papi vendrá mañana?

– No creo, cariño. – respondió sonriente – Mañana comemos lomo.

En fin, espero que sean de su agrado y me dejen sus impresiones.

Se despide, Ángel Fco.

Laberinto

Los corredores vacíos

me hunden como abismo

de complejo paralelismo

cada días es el mismo

El innegable destino

me acecha como mercenario

mientras corro arrastrando

las cadenas del escenario

Así es en el laberinto

de compleja forma infinita

no hay puertas de salida

Un chico honesto. Capitulo IV

Un chico honesto.

Capítulo IV

–          De nada me sirven aquí – aseveró Moisés –  las cosas caen por su propio peso, yo no hice nada y eso se resolverá cuanto antes, estoy seguro.

–          Pero papá, no te podemos dejar aquí, ¿Cuánto sería por la fianza?

–          No me darán fianza, había más de 400gr en el cobertizo, ¿de dónde salieron? No tengo idea, pero eso ya no nos corresponde, Esteban. Tendrás que olvidarte del asunto de tu tío por un tiempo, ve a casa y encárgate de todo, arregla lo necesario para cuando llegue el trabajador social y asegúrate de…

–          No, no me puedo olvidar de lo de Fernando. Papá, creo que el tiene que ver con esto.

–          Si es así, déjaselo a la policía. Ellos saben lo que hacen, solo…

–          Si supieran lo que hacen…

–          ¡Cállate ya, Esteban! – exclamó Moisés, irritado. El guardia levantó la vista y meneó la cabeza, transmitiendo un mensaje que cualquier hombre prudente comprendería con facilidad  – llevo años  dejando que te expreses y apoyando tus ideas más alocadas, pero esto es distinto. Ahora corremos peligro, y más importante aún, el asilo está en riesgo. No necesitamos a Holmes ahora, ¿está bien?

–          Está bien… lo siento.

–          No, yo lo siento. No se supone que tengas que pasar por cosas como estas.

–          Ya, ya. No es tu culpa.

–          Se acabó el tiempo, se tiene que retirar – intervino un policía obeso, que llevaba quizá una semana sin ver una navaja de rasurar.

Esteban camino por los pasillos de la penitenciaria cabizbajo, pensativo. Obedecería a su padre, ¿oh no? Estaba seguro de que lo intentaría.

Llegando a casa las cosas se pusieron aun peor. La mayoría de los niños inscritos en guardería habían sido recogidos y sus suscripciones anuladas. Uno de los intendentes había renunciado y la contestadora estaba llena. Caro estaba en la cocina, con Maritza, preparando una avena para la cena.

–          ¿Qué pasó? ¿está bien? – exclamó al verlo entrar, casi derramando la olla con leche caliente.

–          Si, está bien. Todavía no sabemos que vaya a pasar, aparentemente en esos lugares nunca saben nada.

–          Ya verá que saldrán bien las cosas, muchacho – animó Maritza – Dios aprieta, pero no ahorca.

Ahora, solo en su habitación y echado boca arriba, se puso a pensar. ¿Qué está pasando? Fue lo primero que llegó a su cabeza. La repuesta era simple y a la vez muy compleja. Simplemente, todo se está derrumbando. ¿Era eso una suposición pesimista? Sin estar seguro de por qué, tenía la certeza de que no lo era. De hecho, era una idea muy lógica. Entonces llegó a su cabeza una pregunta aun más inquietante y de apariencia más relevante. ¿Fernando había tenido algo que ver? Caviló en la idea por unos segundos y cuando recordó su torcida sonrisa y el tono socarrón de su pregunta ¿Qué ha pasado?, tuvo la certeza de que así era. Ese hombre había tenido que ver. ¿Por qué? No tenía idea. Sabía que Fernando nunca se había llevado bien con Moisés. Papá lo evitaba, pero al fin y al cabo ¿Quién frecuentaría a un adicto y traficante? Incluso Beatriz, madre de Esteban, solía evitarlo de manera disimulada. Después, cuando Beatriz murió, las cosas se habían puesto aun más tensas. ¿Podría ser esa la razón? ¿Podría haber estado maquinando una venganza durante casi dos décadas? Le parecía demasiado tiempo para planear una venganza de esa clase… tenía que haber algo más. ¿Sería a caso posible que, después de tantos años, en la maraña de azorados pensamientos de Fernando, hubiera surgido el recuerdo de su ¨amada¨ hermana, y  con él una irracional ira y deseo de venganza hacia el hombre que la tomó por esposa? ¿Sería posible que después de tantos años de ignorar tal asunto, la idea de destruir lo que quedaba de esa familia ya malherida y lacerada, le pareciera justa y necesaria? Claro está que un hombre racional no pensaría de tal manera. Sin embargo, pensó, los adictos no son famosos por su capacidad de razonamiento. Además ¿Por qué habría de odiarlos? Beatriz había muerto por motivos fuera del control humano. Sería completamente absurdo que los odiara por tal razon. Ni siquiera se había presentado a la ceremonia o al entierro.  Los adictos no son famosos…

–          Por su capacidad de razonamiento – completo en voz alta.

Bajo entonces a donde se encontraban los trabajadores, esperando una voz de mando o alguna noticia. ¿Qué les vas a decir? Se pregunto, y no encontró respuesta. Parece que te han  tomado por sorpresa, Holmes. Esta no te la esperabas. Uno siempre piensa que tiene al toro por los cuernos,  pero cuando menos te lo esperas, da un salto, se pone detrás de ti y si no te cuidas…

–          ¿Qué vamos a hacer? – cuestiono Jacinto, con rostro afligido, metido en el viejo y sucio overol de trabajo.

–          Pues lo mismo que se hace todos los días – tratar de conquistar al mundo, dijo para sí – mantener este lugar a flote. Mañana por la tarde llega el trabajador social, quien se hará cargo de este lugar mientras papá este fuera. Tenemos que tener el asilo brillante y oliendo a rosas. Estará aquí a las 3, según me dijeron, así que llegando comienzan la faena. Tenemos solo tres niños para guardería mañana, cancélenlos. Solo produzcan alimento para los internos.

–          Joven – llamo una de las enfermeras – ¿Qué hay de la señora en coma? La de la habitación 17

–          Tendrán que hacerse cargo de ella, obviamente. Papá lo hace, pero si no está…

–          Bien, joven. Disculpe, fue una pregunta…

–          Nada, está bien. Todos estamos nerviosos.

Salió al patio de juegos, donde los columpios se balanceaban por el viento y el arenero descansaba, con sus pequeñas dunas mirando a las estrellas. ¿Ahora qué? Se pregunto.

–          ¿asustado?

–          Algo así. La verdad no sé, no estoy seguro.

–          No hay nada de malo en sentir miedo. Es lo más normal. Sin miedo no tendríamos motivaciones.

–          Habla usted con sabiduría, bella dama.

–          No deberías sorprenderte – replico Caro, sentándose a su lado.

–          Creo que mañana…

–          Creo que deberías obedecer a tu padre.

–          Sí, eso creí yo también. Pero…

–          ¿crees poder resolverlo?

–          No lo sé.

–          ¿y por eso tienes miedo?

–          Creo que sí.

–          Si te da miedo no saber, entonces descúbrelo.

–          ¿a qué te refieres?

–          Si no sabes…

Se paro y se fue, dejando la frase a medio terminar flotando en el aire. A pesar de su pregunta, Esteban sabía lo que Caro quería decir. Dejaba el obedecer a su padre a su elección, a pesar de haberle hecho esa sugerencia indirecta. Caro lo conocía bien y sabia que él se detendría si la situación resultaba más perjudicial que beneficiosa, pero aun así, tenia miedo. Igual que Esteban. Decidió que tenía una visita que realizar la mañana siguiente. Tal vez la visita más importante de los últimos años. Tal vez, incluso, de su vida.

El sol se alzaba alto en el cielo, dando ánimos a los empleados del asilo a realizar sus labores con eficiencia y energía, compensándolos así por las penas del día anterior y las que estaban por llegar. Sin tomar desayuno o decir algo a alguien, Esteban cruzo la calle y se encontré una vez más frente al sucio porche de su tío Fernando. Toco la puerta, con la certeza de que no abrirían, pero esta se aparto de su puño antes del tercer golpe. Y ahí estaba Fernando, con una taza de café en la mano, con su cabeza medio calva y su rostro carcomido por las adicciones y la mala vida.

–          ¿se te ofrece algo?

–          Tu sabes a que vengo

–          No, no tengo idea… oh, espera… ¿vienes por más droga? ¿te la has echado ya toda? No me sorprende, teniendo un papá como el tuyo…

–          Ni siquiera me lleve tu porquería, la deje botada en…

–          ¿la dejaste botada en…?

Las cosas no iban muy bien… las cosas iban mal. Avanzo un par de pasos, entrando en la casa. Había un aroma dulzón en el aire.

–          Creo que te la has llevado, pequeño. Yo que tu, la buscaba entre mis porquerías cuanto antes. En cualquier momento llegara el trabajador social y si encuentra algo así… no, no, no. Solo Dios sabe lo que pasaría.

–          ¿Por qué pusiste toda esa…

–          Yo no puse nada

–          No soy idiota, se que tú fuiste.

–          ¿no eres idiota?

–          ¡No te hemos hecho nada! ¿Por qué…

–          ¡Él la mato! – exclamo iracundo – ¡ese idiota engreído tiene la culpa!

Esteban se paralizo. ¿Sería posible que todas sus sospechas fueran ciertas?  Observo el desfigurado rostro de Fernando y solo encontró miseria. Había odio, rencor y tristeza. Sus labios se contrajeron en un horrendo gesto enojado y sus cejas de unieron en el centro, casi desapareciendo entre las arrugas de su frente.

–          ¿De qué hablas?

–          ¡No sabes! JA, JA ¡mira que el muy bastardo la ha hecho buena! ¡pues nada más para que lo sepas, pequeño idiota, tu padre fue el culpable de la muerte de mi hermana! ¡Tu madre!

–          Eso no es cierto – espeto convencido – mi madre murió en el parto, no había nada que se pudiera hacer.

–          Oh, claro. Y tú lo recuerdas, por supuesto.

–          Pues no, pero eso me…

–          Eso te han dicho.

Esteban enmudeció.

–          Había algo que se podía hacer, siempre lo hubo. Pero tu padre… ese idiota… tal vez deberías hablar con él y descubrirlo por ti mismo, pedazo de estúpido.

Y después, lo empujó hasta la salida y cerró la puerta provocando un estruendo vibrante que sacudió las ventanas.

¿Habría algo que Moisés ocultó de esa vieja historia? Esteban solo había logrado desenterrar más preguntas. ¿Era papá responsable de la muerte de Beatriz? ¿Sería posible? ¿Por qué mentiría?  Regresó a su habitación, sin mirar a los lados y sin hablar a nadie. En unas horas llegaría el nuevo encargado, después, iría a visitar a Moisés, y tenía varias preguntas que hacerle.

En nuestro próximo capítulo:

–          Tenía miedo, Esteban – confeso trémulo – no sabes cuánto lo siento.

–          Resulta obvio que tiene problemas de administración aquí. ¿tienes una lista de empleados, pequeño?

Capitulos previos:

1. https://theibidem.wordpress.com/2010/07/31/un-chico-honesto-capitulo-1/

2. https://theibidem.wordpress.com/2010/08/14/un-chico-honesto-capitulo-ii/

3. https://theibidem.wordpress.com/2010/08/28/un-chico-honesto-capitulo-iii/