Hombre en el bosque. Primera parte.

Hombre en el bosque.

Primera parte.  

Relato por: Ángel Fco.

Dos años han pasado desde que el horror llegó a mi vida con la brusquedad de las olas que arriban la costa en una noche tormentosa. Mentiría si dijera, a pesar del tiempo pasado, que el miedo ha dejado mi lado. Está aquí, presente. Quizá incluso, si es que tal cosa es posible, más tangible que ayer. Escucho su respiración a mis espaldas y el murmurar de sus paganas oraciones en medio de la noche, cuando el abismo de las tinieblas es infinito. No hay palabras, al menos conocidas,  que puedan expresar el terror que me azora.

He de presentarme antes de comenzar con mi relato, pues es mi deseo que haya constancia del autor del mismo para así garantizar al menos un poco de credibilidad. Y es que lo que contaré en las siguientes páginas no es algo fácil de comprender o creer.

Mi nombre es Cipriano Barrantes, soy Catedrático en la universidad de Palmita, al norte de Cabrito y a muchas millas al sur de Valle Negro, la naciente comunidad en el árido y despiadado desierto, cuya localización exacta no recuerdo ni trataré de hacerlo, pues no resulta imperioso. Imparto la materia de Ciencias Naturales, y Renato Oporto, el viejo amigo que me acompañó a esa última excursión a los vastos y grotescos bosques de Rinconada, al sur de Santa Inés, era también catedrático y todo un erudito en su materia. Impartía la clase de Botánica en la misma universidad que yo. Nos conocimos hace ya un par de décadas, desde entonces logramos un nivel de comunicación casi psíquico.  Aquel día había sido con ansias esperado; la marca en nuestros calendarios llevaba casi un trimestre y las maletas las teníamos hechas con una quincena de anticipación. Tomamos la locomotora discutiendo las funestas noticias que habían llegado a la universidad por parte de la sociedad literaria de Virginia. Allan Poe, escritor predilecto de Renato, acababa de fallecer. No era un tema en el cual me interesara, pero Renato parecía afectado. Había intercambiado cartas con el señor Poe y aparentemente, este había aceptado tomar un retiro en la universidad de Palmita, donde daría un par de conferencias acerca de esos cuentos de sangre y perversión que tanto gustan hoy en día. Y esa es la verdad, me temo; que aunque se empeñan en criticarles y condenarles, los cuentos enfermizos de esta naturaleza, muy a mi pesar, van aumentando su auge. Según la breve carta, había muerto de penas. Aunque dudo que las circunstancias hayan sido de un contexto tan limitado. Su esposa, la cual era también su jovencísima prima, válgame el Señor, había fallecido hacia no mucho tiempo. En el camino, Renato recitó una y otra vez las últimas líneas de ese sobrevalorado poema, El cuervo. He de aclarar que soy también una especie de crítico literario, publicado en El faro, La prensa y El pájaro verde, siendo los últimos dos de distribución nacional, y no dudaré en expresar mi opinión con respecto a estos escritos  de inexistente valor literario. Sin embargo, ahora que pienso en ellos y los horrores descritos en su prosa punzante, me parecen poco menos que nanas. Uno puede pensar que un hombre de mundo y erudito como su servidor, yace ya libre de inocencia psíquica; sin embargo, una vez visto aquello en las sombrías profundidades del bosque Rinconada, he perdido quizá, parte de la cordura que separa al hombre del animal irracional. 

Después de intentar desviar el tema por diversas vertientes con sutiles aproximaciones, pues no quería develar mi nulo interés hacia el tema que tanto apasionaba a mi amigo,  logré al fin  captar su atención con mis observaciones en cuanto a la vegetación del lugar. Aludir a las pasiones primarias de un erudito es lo mejor que se puede hacer para combatir sus muchas otras. Hablaba entonces sin parar, característica invariable de Renato, acerca de lo que podríamos recolectar en nuestro viaje. Especulaba emocionado, imaginando cuántos especímenes podría recoger y cuantos insectos llevaría a casa. Conto una y otra vez sus frascos y bolsas, para después comenzar a adherir las etiquetas correspondientes. Le comenté entonces que sería más complicado escribir los nombres en ellas ya puestas, y detuvo su labor. Llegamos después de un largo viaje al poblado de San José, donde tomamos una carroza lo más cerca que pudimos hasta el bosque. Continuamos entonces caminando, por un par de millas, observando fascinados los alrededores. La mañana había dejado lugar a la tarde, eran apenas unos minutos después de la una. Después de recorrer un largo tramo de rústica catadura, llegamos a la Posada de Santa Ana, donde nos esperaba ya un guía y un par de habitaciones bien provistas.

Caída ya la noche, después de una larga y cálida velada en el hogar de la posada, acompañados por el grupo de indígenas que habitaban en esa pequeña comunidad, nos retiramos a nuestras recamaras. Habíamos trazado líneas en un mapa, cuyos caminos recorreríamos al amanecer. La estridencia del viento se hacía audible por entre las  rendijas de unas puertas y ventanas corroídas por los años, mostrándonos su milenaria voluntad. Los árboles, enormes e imponentes titanes, se contorsionaban en macabra danza crepuscular, dibujándose en negro contra las estrellas, soltando una lluvia de hojas delgadas como navajas. Caminé por el pasillo, con sincero temor. Un hombre de ciencia sigue siendo humano, débil y trémulo, no importa cuanta cultura posea. Los temores más básicos son imborrables de la memoria del ser humano, como los círculos y líneas rectas que traza un artista en sus bocetos. Esas líneas son las que definen su obra.

Miedo a la oscuridad, a lo desconocido, a la lejanía de lo familiar y a encontrarse rodeado por lo ajeno. Atravesando la penumbra en aquella vieja posada, escuchando aun los tambores de los nativos que celebraban junto al hogar, sintiendo las vibraciones de los muros de madera ante la recia caricia de los vientos y sabiéndonos a una distancia mayor a  la abarcable a pie de cualquier civilización, sentí en mi interior un vacío enorme que todo lo abarcaba. Como si la gravedad se invirtiera en un extraño truco mal intencionado por parte de la lógica y la física. Por un instante me sentí cayendo a un vacio de negrura que jamás se vería iluminada por el sol o emoción humana. ¿A qué se debía esta sensación? Cavilé en ello largo rato, tendido bajo el edredón de la rústica cama, rodeado por jarrones y viejos estantes; pieles colgaban de los muros en aquella austera habitación y un jabalí, amenazante, me miraba desde la puerta frente a mí.  Después de reflexiones y divagaciones, atribuí mis sentimientos infundados, como todo hombre que conozca de psicología y comportamiento humano, a mi subconsciente.  ¡Oh! Estúpido de mí. Mi temor era algo que penetraba más profundo que el miedo al reconocimiento o cualquier trauma de la niñez. Somos idiotas, no me cabe duda, todos lo somos. ¿Es acaso inconcebible que haya cosas  en este mundo – cosas ocultas, presentes y por llegar – que el humano no puede explicar? Antes lo creía, pero después de aquel viaje a las montañas y oscuros bosques pestilentes de Rinconada, ciertamente estoy convencido de lo contrario. Sin embargo, puesto que como empedernido hombre de ciencia, me niego en lo más profundo de mí ser a no buscar motivos, creo tener una idea de lo que me provocó aquel sentimiento de horror en la posada indígena.

El olor de un animal en putrefacción es perceptible a la distancia, está ahí tanto para atraer a las moscas como para ahuyentar a los humanos. Sin embargo, hay algunos que lo perciben demasiado tarde, sienten las vomitivas convulsiones cuando ya caminan sobre los blancos y gordos gusanos, obscenamente llenos con la carne putrefacta y sangre coagulada. Pero hay otros, quizá afortunados, quizá condenados a vivir huyendo, que percibimos esos hedores a grandes distancias. He pensado en esto desde entonces y me parece más que posible que la maldad tenga un efecto similar.  La energía mala, aunque  me sienta como un metafísico charlatán asignando tal denominación, puede percibirse a la distancia, como el hedor de las carnes descompuestas de un cerdo.  Aquella noche sentí esa perversión a la distancia, y me estremecí  sin saber por qué. ¿De qué sirve poder sentir el mal a la distancia si no se sabe lo que es? ¿De qué sirve una habilidad como tal si no se pudo usar cuando más se necesitó? Tardía llegó a mí la conciencia de mis predicciones involuntarias. Fui un estúpido que a pesar de oler la negrura siguió caminando entre las podridas hojas del suelo, atrapando mariposas y dibujando hongos, hasta que era demasiado tarde y me hallé rodeado por los blancos gusanos a servicio de solo Dios sabe que amo oscuro.

A la mañana siguiente, la más bella de la que tengo memoria, pues el sol brillaba tras las altísimas cordilleras de blancos sombreretes, tiñendo las nubes de un naranja demencial contrastante con el celeste del cielo, nos dirigimos a pie hasta los límites de la comunidad, con nuestras mochilas en la espalda y un grupo de indígenas cargando el resto del equipaje. Para ese entonces, Renato había recolectado ya cuatro insectos, solo alrededor de la posada.  Dejamos atrás la casona de madera en la que habíamos dormido, pasando frente a un par de pequeños ranchos, adentrándonos al fin en la maleza, dejando a nuestras espaldas un camino que terminaba abruptamente interrumpido por un pedregal y un roble caído, rodeado de setas.

No hay peligro en el bosque, nos habían informado. Ésta era una de las pocas zonas que la supersticiosa tribu consideraba libre de maleficios. No había mitos o leyendas que giraran en torno a su inmensa oscuridad, ni relatos macabros de imposibles bestias ocultas entre sus árboles. Sin embargo, es en las telas más finas y blancas en las que la sangre es más memorable una vez que se ve derramada. Caminamos por más o menos tres horas, recogiendo muestras aquí y allá. Nos deteníamos con frecuencia para hacer bocetos rápidos o bien elaborados, dependiendo de qué tanto captara nuestro interés el animal, planta, roca o simple tronco. Al cumplirse la cuarta hora de expedición, nos detuvimos junto a un pequeño riachuelo a descansar. Sin saber por qué, la sensación de caída libre seguía turbando mi ser. Comimos carne seca y unas empanadas que habían preparado las mujeres de la tribu, no sabíamos de que estaban rellenas, pero seguramente no era puerco, pollo o res. Renato apenas había comido algo, se la pasaba levantando piedras y haciendo anotaciones, en frenética busca de conocimiento que satisficiera su insaciable curiosidad. No me mal entiendan, yo también hervía de emoción y hacia notas constantemente, sin embargo, había algo ahí que me incitaba a dar la vuelta y huir. Caminé a solas alejándome prudentemente de los hombres, crucé el arroyo trepando a un tronco putrefacto y blanco por el musgo seco en su corteza. Al otro lado, la vegetación era aun más tupida. Vi en la grieta de un árbol, que surgía de las raíces y subía aproximadamente tres metros por el tronco, una borraja. La borraja es una planta cubierta de bellos espinosos, cuyas flores son comestibles. Hay quienes  comen también las ramas y los tallos del arbusto, pero hasta ahora sólo he consumido su flor, la cual es dulce, con un sabor similar a la sandía, o al menos así me lo parece.  La observé por unos momentos, a pesar de ser un tanto ordinaria, siempre me ha parecido admirable. Cinco pétalos puntiagudos color azul profundo, que se unen en un centro blanco, coronado con una especie de garra casi negra, amenazante. Cualquiera pensaría que al morderla, sus puntas rasgaran la lengua, pero son tan blancas como sus pétalos, e incluso más dulces.  Tomé una y la mastiqué despacio, mientras miraba a mí alrededor, en busca de alguna otra sorpresa. Llegó entonces a mí un hedor despreciable… como excremento. Pero había algo en ese hedor que era perturbador, pues no se trataba del  hedor característico de los animales de bosque, el cual se define por su alimentación. Ese hedor era inconfundible,  eran heces humanas. ¿Había uno de los indígenas venido a concluir su ciclo fisiológico? Tuve la certeza de que no, puesto que acabábamos de llegar y yo era el primero en separarme del grupo. Eran recientes, eso era un hecho.  ¿Los miembros de la comunidad visitaban a menudo estos terrenos? Según las conversaciones la noche anterior, siempre que uno de los habitantes decidía pasear por el bosque, debía avisar al líder y hacer su paseo en compañía de al menos, un par de vecinos.

Tuve miedo una vez más, y decidí regresar con el grupo. Le preguntaría al líder, que era el hombre que nos guiaba, si había recibido noticias de algún grupo de exploradores, además de nosotros. Caminé entonces hasta el arroyo y trepé al tronco viejo, cuando noté el color del agua. Entre las corrientes finas del riachuelo, se dibujaban unas líneas oscuras color escarlata. Quedé paralizado al instante, sopesando las posibilidades. Estiré mi mano hasta tocar la fría agua y llevé los dedos a mi nariz. Era sangre, recién derramada y el lugar de origen no podía estar demasiado lejos, de lo contrario, se habría disuelto ya por completo y sería imperceptible a mis ojos. A menos que fuera vertida en copiosas cantidades. Giré al otro lado del tronco, en dirección contraria a la corriente y vi que, a no menos de un metro, había más que simples hilillos de sangre. Una gran mancha roja cubría las rocas bajo el riachuelo, y algo, muy similar a un pedazo de cebo, flotaba en la superficie. Temblé al pensar que más que algo ¨similar¨ fuera en realidad, un pedazo de carne.

Me levanté a prisa y terminé de cruzar el tronco, llegué agitado con los demás hombres, que me recibieron con risas y amena conversación. Sin embargo, al  ver la expresión de mi rostro, sus risas acallaron. Después de una explicación y un intercambio de preguntas y respuestas monosilábicas, decidieron ir a ver qué era lo que estaba pasando. Según el líder de la tribu, ningún hombre había solicitado permiso para explorar, y en esa zona del bosque, no había linces, osos, ni cualquier criatura come carne.

En efecto, las heces eran recientes y de origen humano. La sangre ya había sido arrastrada por la corriente, pero uno de los hombres bebió del agua y así respaldó mi historia. Después de escupir el trago entre los matorrales, se inclinó y levantó unas oraciones que Renato ni yo pudimos entender, pero todos guardamos silencio. El líder decidió que sería mejor volver al campamento, pero Renato se negó, y he de admitir, con  pesar, que yo también. Hay algo monstruoso dentro del hombre de ciencia, algo que rebasa la cordura y la sana curiosidad. Teníamos que saber de dónde provenía la sangre y de qué era. ¿Era animal? ¿Era humana?  El pensamiento de que provenía de un cuerpo humano era morboso, pero también alentador. Tal vez crean que he perdido la razón, pero así fue, alentador. Después de una larga discusión y de que dos hombres del grupo decidieran volver a la comunidad, continuamos el camino Renato, el líder, tres ayudantes, y yo.

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Corazón de chocolate y chispitas en el centro. Cuentos de Niños Muertos

Cuentos de Niños Muertos:

Corazón de chocolate y chispitas en el centro

Tienes que seguir una dieta – afirmó el Doctor Lorenzo porque el pobre de Martín era exageradamente obeso, tenía llena la pancita de caramelos y frituras, que comía mientras veía caricaturas. Cuando salía a jugar al parque se cansaba rápidamente, y lo que decía la gente al verlo ahí sentado  era tan mal educado como eructar en la mesa o rascarse la cabeza.

Martín ha sido regordete desde que tiene memoria, y precisamente de eso  se trata esta historia: cuéntoles ahora que el niño tenía dos problemas: uno era la gordura y el otro su torpeza, lo primero era tortura y lo segundo por nobleza. Tenía tanta azúcar en sus anchas venas por lo  que el corazón se le había vuelto de espeso chocolate. Y fueron tales las penas que sufrió Martincito cuando paseando por la veda le falló el corazoncito. Lo subieron a una camilla entre nueve paramédicos – uno se fracturo la rodilla y por supuesto se puso histérico- la mamá de Martincito apenada en la acera, los ojos en ella puestos y los de ella en la carretera.

Ya sabemos lo que le dijo el Doctor que tenía que obedecer, pues si no se cuidaba podría pronto fallecer, si no dejaba a sus amigos: la tele y el helado, acabaría bajo tierra muerto y sepultado.

A Martín le asustó  mucho aquella idea por lo que decidió cambiar su corazón de chocolate por uno de avena. El pobrecillo se esforzaría más y más por ser esbelto o por lo menos igual a sus papás. Una dieta rica en verduras, frutas y fresca agua mineral. El primer día de la dieta fue casi espectacular, pero dejen que les platique como estuvo el final.

Al despertar,  Martín tomó jugo de naranja, pan tostado y ensalada mas no le lleno la panza. Por la tarde comió sándwich vegetariano, y por supuesto que no le lleno el… plato. ¡Ah! Pero en la cena su mamita le trajo un regalo al buen muchachito que tan bien se había portado, le trajo una caja repleta de donas, al cabo unas cuantas no le harían daño, no tendría por qué engullírselas todas.  Al ver las chispitas de muchos colores los ojos de Martín brillaron soñados, se hundieron en esas mejillas que dos kilos ya habían adelgazado, una dona rosa… una blanca… una amarilla… una naranja… yum, yum, yum … come otro pedacito, que al cabo mi niño, ya te ves más flaquito.

Al cabo de dos minutos chispitas salían de sus fosas nasales, estaba en la sala de urgencias con severos problemas cardiacos e intestinales.

De que aprendió la lección no hay mucha certeza, pero seguro que a su pastel nunca le faltó cereza.

FIN

Por: Ana Teresa.

Recopilación de pequeños relatos. Ángel Fco.

 

Esta es una serie de relatos cortísimos que escribí para un pequeño concurso hace un par de meses, el cual, cabe mencionar, no gane. Pero la vida es larga y los premios efímeros; se los presento con algunos arreglos y añadiduras, ya que el concurso era para setenta palabras.

 Este relato es la base de la cual surgió ¨La dama¨, relato que ya he publicado con anterioridad en IBIDEM. Aquí esta la primera parte de tres:

 https://theibidem.wordpress.com/2010/06/26/%c2%a8la-dama%c2%a8-relato-por-angel-fco/

 No. 1:

– Las manos del agua, papi. Las manos del agua – había dicho Tony con lágrimas en los ojos hace unos días.

– Dijiste que no volverías. ¿Por qué te lo llevaste? – grito con odio Esteban, mirando su reflejo en el rio.

– Teníamos un trato – respondió su reflejo – Jamás debías traerlo.

– Te extrañe

Del agua salieron unos dedos, acariciaron sus labios.

– Ahora es mío.

El siguiente relato es la historia de una niña con serior problemas de autoestima y desviaciones de tipo sexual. Es un tema que pienso tocar con mayor profundidad, debido a las grandes implicaciones que conlleva y a la complejidad de los traumas de este tipo.

No. 2

– Di que soy hermosa – exigió Mariza. Sus labios enormes y abultados tenían un color marrón oscuro, igual que su piel. Su barriga grande y fláccida.

– Pero no lo eres

– ¿entonces por qué me tocas así cuando duermo? – cuestiono con ojos burlones.

– No sé de que hablas. Me das asco

– ¡Cállate, estúpida! ¡Te odio, te odio! – arrojo su zapatilla al espejo.

– Fea y tonta – respondió este, con sus labios enormes y abultados – eres fea y tonta.

El tercer relato no tiene una historia tras de sí, pero creo que podría integrarse en una historia más larga en un futuro próximo.

No. 3

– Es un duende – dijo Armandito – lo sé porque es mi amigo. Me visita de noche y de día. Me habla en sueños y cuando estoy despierto. Me abraza y me besa. Un día yo seré un duende. Y tú también.

– ¿Por qué dices eso? ¿Te lo dijo él? – pregunto el Doctor.

– ¿Le gustan las ratas, Doctor? A mi si – afirmo con una sonrisa radiante – me gusta cortarlas.

Este fue el cuento con el que entre al concurso. Es como una breve presentacion a un personaje importante en una historia muy larga en la que estoy trabajando.

No. 4

Encontraron la mitad del cuerpo bajo la cama. Su piel y pijama roídas, sus ojos muy abiertos. Había bolas de excremento en las sabanas y el suelo. Su madre lloraba histérica en la calle.

– ¡La mujer conejo! – gritaba – ¡me lo dijo y no le creí!, la mujer conejo se lo ha comido.

En el fondo del ropero, la mujer conejo está escondida, lamiendo sus bigotes, esperando por la noche.

El quinto es una historia inspirada en una noticia que vi hace unos meses en television, pero es un tema muy cliche que no pienso explorar mucho mas a fondo.

No. 5

Bailamos juntos por horas, las ultimas 9 noches, moviéndonos como uno solo. Beso sus labios, no me corresponde, pero lo entiendo y la perdono. Mis labios fueron los últimos que beso. Mis ojos fueron los últimos que navegaron por el mar de su cuerpo. La sangre seca convirtió su cabello en una masa marrón. No me canso de olerla, es deliciosa. La regresare al congelador. No quiero que se dañe.

Y tenemos el último, que es una historia de abuso y venganza reprimida. Es un cuento muy sintetizado de una historia muy larga que forma parte de la misma recopilación que La mujer conejo.

No. 6

– ¿Dónde está papi? – pregunto Esther.

Mamá no respondió. Rasgaba con los dientes un pedazo de carne. Cenaron juntos en silencio.

En el sótano, papá se retorcía, con el pecho abierto y sin brazos. Pidiendo perdón por haber olvidado aquel juramento de hace unos años.

– Come tu carne, cariño. Cómela toda. Papá no cenara hoy, está castigado.

– ¿Papi vendrá mañana?

– No creo, cariño. – respondió sonriente – Mañana comemos lomo.

En fin, espero que sean de su agrado y me dejen sus impresiones.

Se despide, Ángel Fco.

Marco el Mitotero

Cuentos de Niños Muertos:

Marco  el mitotero


Si comenzara por “Érase una vez”, la historia sería más sencilla, pero esto ni fue… y esperemos que no sea algún día. Ésta es la historia de un niño insoportable, hiperactivo y grosero, además. Que por nada en el mundo obedecía a sus papás. Era tan malcriado y metiche, que en la escuela ya le conocían como Marco el mitotero. Siempre estaba en problemas, si no era en la oficina del director, era en la del consejero. A todo esto, Marco no se afligía, él sólo contestaba con alguna grosería.

Pero cierto día en su cuarto estaba sentado el muchacho viendo a través de la ventana, sabrá Dios qué tramaba, con esa sonrisa retorcida en la cara. Él ya se veía jalándole las trenzas a Mariela, a primera hora mañana en la escuela. Pronto escuchó algo que le hizo para oreja: – “Oliver”- decía una voz suave y queda, mientras Marco fruncía la entreceja, y pensaba “¿quién es aquél que se queja?” Por más que agudizó el oído ya no volvió a escuchar, aquella voz tan extraña, cuya procedencia iba a encontrar.

Más tarde, ya dormido soñaba con arañas de hule en los pantalones de su tío, y entre aquellos gritos del tío; y la sonora risa de él mismo, pudo escuchar el quejido que decía: – Oliver ¿ estás dormido?. Ante tal pregunta, despertó despavorido, le asustaban las sombras y la ausencia de ruido. Miraba a su alrededor con los ojos más abiertos que nunca, el corazón se le salía por la garganta; había sudor frío en su nuca.

Se paró como pudo de la cama. Y descalzo avanzó a una estantería, buscaba con el oído no con la vista, de dónde provenía. “¡Oliver, Oliver, Oliver!” era en lo único que pensaba, mientras más se preguntaba quién sería aquél que hablaba. Eran las tres de la mañana y éste era el panorama, el chiquillo sentado en un banquito junto a la estantería; con la boca abierta; escurriéndole baba; en sus manos una cámara y él durmiendo sin almohada.

Ni estando dormido dejaba de pensar en aquél nombre de niño y aquella voz anormal. Diez minutos después despertó de nuevo, se paró del banquito y miró hacia el baúl, que estaba en el piso. Lo abrió y metió toda la cabeza, sin pensar que al hacerlo le esperaba una sorpresa… ¡KRAK! ¡ZAZ! ¡TUM!

¿Dónde estaban sus manos? ¿Y su pecho? ¿Sus piernas? ¿Sus brazos?

Que sirva de escarmiento, Marco “el decapitado”, no metan las narices donde no les incumbe, para todos los niños groseros y malcriados que esto no se les haga costumbre.

FIN

Ana Teresa

Diego Solo. Cuentos de Niños Muertos

Cuentos de Niños Muertos:

Diego Solo

Pobrecito de Diego, el niño de los periódicos. ¿Quién le ha dado ese trabajo tan mal habido?, ¿quién le paga sueldos tan módicos?, un jefe diablo mal nacido. El sol se asoma, despunta en el cielo y va cuesta arriba en su bici Diego, allá va pedaleando con todas sus fuerzas, cuidando no derrapar con tanta vuelta. Reparte y reparte de casa en casa, lanza los papeles cuan sórdidas lanzas llenas de veneno de palabras no tan francas, de notas rojas y artículos paja.

Todos los días el mismo trayecto y todos los días su pago directo, -Aquí tienes, Dieguito, tu paga del día- decía don Javier quien  no sonreía. –Muchas gracias, señor que dios lo bendiga. Se iba de regreso a su hogar, donde nadie le iba a esperar.

Sentado en el sillón tan solitario, enciende una vela aromática y también el radio, deja que se impregne de olores a vainilla y después busca algo en la cocina. No encuentra nada ,sólo cucarachas, bailando y gritando como unas borrachas… así es, como unas borrachas. Se sienta y observa cómo es que éstas bailan, enciende un cerillo y las achicharra, qué risa le ha dado, qué chistoso ha sido. Mas no se da cuenta que es algo indebido, torturar por hacerlo, reírse del hilo que separa la vida de la muerte, mi amigo.

Se ha ido a acostar a su camita, hecha de dos cartones y una cobija, tirado en el piso imagina cosas, como que está en el mar sacando ostras, o que está en el espacio en una misión, que va al mercado y se compra ropa interior.

Todo lo imagina, es un niño pobre, vive del salario que le da aquel hombre, y no tiene amigos, no tiene familia, es triste su vida… muy  triste es su vida.

Este es el cuento de un niño que no está muerto en realidad, no hay necesidad de esta cualidad, todo está arruinado no le queda más. Entrega  periódicos al amanecer, regresa a su casa al atardecer, para ver a los bichos que se arremolinan en el frío cuarto llamado cocina.

FIN

Ana Teresa

Baila, bailarina.

Cuentos de Niños Muertos:

Baila, bailarina

<<Marisol, mi niña dorada de ritmo y son>>, así le decía su padre, así la llamaban también los compadres. Tenía Marisol unas trenzas largas doradas que sin duda habían sido  por el sol tostadas, ella danzaba, danzaba con tanta gracia que papá había pensado mandarla a…Francia.

-¿Por qué no manda a la niña, compadre?- decía con recelo la vieja comadre.

-No puedo, comadre querida, ¿no ve que no tengo ni pa’ la comida?

– Por eso le digo, ¡mire que de pobre lo saca la niña!

Y así fue que llegó Marisol a Paris, criada ahora por una institutriz. Marisol hablaba perfecto el francés, alemán, español y chino cantonés.

Marisol creció y también sus trenzas, su talento nato se volvió nefasto, llenaba a sus chachas de burdas ofensas, tiraba su sopa, fingía jaquecas para así  no lavar ni una sola prenda. Se hizo tan malcriada aquella muchacha que no había chacha que la soportara, ni coreógrafo con tanto temple y que no tuviese ganas de tumbarle los dientes.

Llena de mil lujos y falsos amigos, pero el destino le impuso un castigo. Serás de hielo niña presumida, una estatua limpia, fría y pulida. La gente observa su figura danzante al compás de un vals espeluznante, su fina figura hecha de hielo baila como un ángel en el mismo cielo. Girando en su  propio eje por el resto de la eternidad, encerrada está en una caja musical.

FIN

Ana Teresa

Amor de veritas. Cuento. Por Ana Teresa.

Amor de veritas

La tímida y taciturna Nancy veía en el televisor una de esas historias que le movían el corazón. Los diminutos ojos se le secaban por no parpadear y las uñas se mordía cada que miraba más, además  el ojo izquierdo le temblaba sin parar. Dentro de esa enorme habitación, la niña  boquiabierta analizaba cómo se besaban en esa telenovela. En el mundo  de Nancy todo tenía una única solución, la cual era ni más ni menos que el amor. El año pasado en el colegio se dio cuenta de algo extraño; un niño le había atraído y él sólo le había hecho daño- le pegó con su carrito de madera en la ceja y tenía la cicatriz para acordarse de la ofensa. Después de dicho incidente se puso a pensar, por qué el amor de la tele no era igual al de la vida real. Noche y día se paseaba lo mismito en su cabeza, el amor, amor, amor, un príncipe y una princesa.

Pero el amor en  la tele era muy diferente “Está lleno de romanticismo y fantasía”- le explicó tajantemente, Begonia su tía. “Tú eres muy pequeñita para pensar en esas tonterías” afirmó la tía de Nancy, sin embargo la niñita no se rendía, pues dentro de su corazón presentía que todo aquello era una vil mentira.

Un día salió tempranito de su casa a la tiendita, y en el camino rocoso se encontró a una ancianita- “Buenos días niña linda, ¿cómo está tu buena tía?”- Mientras Nancy ocultaba su carita y respondía “Está durmiendo”- “¿De día?”- preguntó la viejecita, en cuyo rostro arrugado se perfilaba una sonrisa- “Te pediré un favor mi niñita, tráeme unos panecillos de la tiendita, y a cambio te daré una recompensa” Nancy accedió pues le gustaban las sorpresas.

Aquella recompensa era un curioso amuleto de amor, Nancy lo apretujó contra su corazón radiante de alegría. Fue directo a su casa sin ver a su alrededor, pensando en aquella cosa tan maravillosa que era el amor; cuando con Leonardo se encontró, rápidamente pensó  “debe ser una señal, éste es mi Romeo que ha venido a mi portal” “Leonardo, amado mío, ¿qué deseas que yo haga? “

Y Leonardo aprovechando la oferta le encomendó todas sus tareas, sus deberes del hogar, y hasta el visitar a la abuela. La pobre y enamorada Nancy no veía nada de malo en aquellos favorsillos, ella hasta lo veía como muestras de cariño. Todo el día era para Leonardo, todo el día y él jugando, con sus amiguitos de la cuadra, y aquella ilusa niña pensando en su mirada.

Hasta que un día Leonardito llegó de malas a la casa de su abuela, la pobre anciana no veía ni escuchaba, cuando Leonardo le preguntó  a Nancy por su tarea de la escuela, ella supo que se aproximaba una riña, pues aun no terminaba las fracciones pues la abuela le quitaba mucho tiempo, pero eso a él no le importó de momento. Leonardito le dijo cosas feas, cosas malas  y groseras. Le empujó con su dedo el hombro y Nancy sintió un  vacío hondo, “No sirves de nada niña,  prefiero estar con mis amigos”, replicó el niño en un tono amargo y extrañamente frío. Se fue llorando la pobre jovencita, con el corazón roto y los ojitos llenos de agua salada. Lo que aprendió fue que en nadie ni en nada podía  confiar mas, que si abres tu  alma entera seguro vas a llorar. Que esto les sirva de advertencia a las niñas enamoradizas, aquellas que dan todo, hasta sus sonrisas, a los niños malos que no las merecen, a los niños traviesos que las cambian por unas cuantas risas, y que a expensas de ellas les sacan provecho, Nancy lo comprobó esto es todo un hecho.

FIN

Ana Teresa