Hombre en el bosque. Primera parte.

Hombre en el bosque.

Primera parte.  

Relato por: Ángel Fco.

Dos años han pasado desde que el horror llegó a mi vida con la brusquedad de las olas que arriban la costa en una noche tormentosa. Mentiría si dijera, a pesar del tiempo pasado, que el miedo ha dejado mi lado. Está aquí, presente. Quizá incluso, si es que tal cosa es posible, más tangible que ayer. Escucho su respiración a mis espaldas y el murmurar de sus paganas oraciones en medio de la noche, cuando el abismo de las tinieblas es infinito. No hay palabras, al menos conocidas,  que puedan expresar el terror que me azora.

He de presentarme antes de comenzar con mi relato, pues es mi deseo que haya constancia del autor del mismo para así garantizar al menos un poco de credibilidad. Y es que lo que contaré en las siguientes páginas no es algo fácil de comprender o creer.

Mi nombre es Cipriano Barrantes, soy Catedrático en la universidad de Palmita, al norte de Cabrito y a muchas millas al sur de Valle Negro, la naciente comunidad en el árido y despiadado desierto, cuya localización exacta no recuerdo ni trataré de hacerlo, pues no resulta imperioso. Imparto la materia de Ciencias Naturales, y Renato Oporto, el viejo amigo que me acompañó a esa última excursión a los vastos y grotescos bosques de Rinconada, al sur de Santa Inés, era también catedrático y todo un erudito en su materia. Impartía la clase de Botánica en la misma universidad que yo. Nos conocimos hace ya un par de décadas, desde entonces logramos un nivel de comunicación casi psíquico.  Aquel día había sido con ansias esperado; la marca en nuestros calendarios llevaba casi un trimestre y las maletas las teníamos hechas con una quincena de anticipación. Tomamos la locomotora discutiendo las funestas noticias que habían llegado a la universidad por parte de la sociedad literaria de Virginia. Allan Poe, escritor predilecto de Renato, acababa de fallecer. No era un tema en el cual me interesara, pero Renato parecía afectado. Había intercambiado cartas con el señor Poe y aparentemente, este había aceptado tomar un retiro en la universidad de Palmita, donde daría un par de conferencias acerca de esos cuentos de sangre y perversión que tanto gustan hoy en día. Y esa es la verdad, me temo; que aunque se empeñan en criticarles y condenarles, los cuentos enfermizos de esta naturaleza, muy a mi pesar, van aumentando su auge. Según la breve carta, había muerto de penas. Aunque dudo que las circunstancias hayan sido de un contexto tan limitado. Su esposa, la cual era también su jovencísima prima, válgame el Señor, había fallecido hacia no mucho tiempo. En el camino, Renato recitó una y otra vez las últimas líneas de ese sobrevalorado poema, El cuervo. He de aclarar que soy también una especie de crítico literario, publicado en El faro, La prensa y El pájaro verde, siendo los últimos dos de distribución nacional, y no dudaré en expresar mi opinión con respecto a estos escritos  de inexistente valor literario. Sin embargo, ahora que pienso en ellos y los horrores descritos en su prosa punzante, me parecen poco menos que nanas. Uno puede pensar que un hombre de mundo y erudito como su servidor, yace ya libre de inocencia psíquica; sin embargo, una vez visto aquello en las sombrías profundidades del bosque Rinconada, he perdido quizá, parte de la cordura que separa al hombre del animal irracional. 

Después de intentar desviar el tema por diversas vertientes con sutiles aproximaciones, pues no quería develar mi nulo interés hacia el tema que tanto apasionaba a mi amigo,  logré al fin  captar su atención con mis observaciones en cuanto a la vegetación del lugar. Aludir a las pasiones primarias de un erudito es lo mejor que se puede hacer para combatir sus muchas otras. Hablaba entonces sin parar, característica invariable de Renato, acerca de lo que podríamos recolectar en nuestro viaje. Especulaba emocionado, imaginando cuántos especímenes podría recoger y cuantos insectos llevaría a casa. Conto una y otra vez sus frascos y bolsas, para después comenzar a adherir las etiquetas correspondientes. Le comenté entonces que sería más complicado escribir los nombres en ellas ya puestas, y detuvo su labor. Llegamos después de un largo viaje al poblado de San José, donde tomamos una carroza lo más cerca que pudimos hasta el bosque. Continuamos entonces caminando, por un par de millas, observando fascinados los alrededores. La mañana había dejado lugar a la tarde, eran apenas unos minutos después de la una. Después de recorrer un largo tramo de rústica catadura, llegamos a la Posada de Santa Ana, donde nos esperaba ya un guía y un par de habitaciones bien provistas.

Caída ya la noche, después de una larga y cálida velada en el hogar de la posada, acompañados por el grupo de indígenas que habitaban en esa pequeña comunidad, nos retiramos a nuestras recamaras. Habíamos trazado líneas en un mapa, cuyos caminos recorreríamos al amanecer. La estridencia del viento se hacía audible por entre las  rendijas de unas puertas y ventanas corroídas por los años, mostrándonos su milenaria voluntad. Los árboles, enormes e imponentes titanes, se contorsionaban en macabra danza crepuscular, dibujándose en negro contra las estrellas, soltando una lluvia de hojas delgadas como navajas. Caminé por el pasillo, con sincero temor. Un hombre de ciencia sigue siendo humano, débil y trémulo, no importa cuanta cultura posea. Los temores más básicos son imborrables de la memoria del ser humano, como los círculos y líneas rectas que traza un artista en sus bocetos. Esas líneas son las que definen su obra.

Miedo a la oscuridad, a lo desconocido, a la lejanía de lo familiar y a encontrarse rodeado por lo ajeno. Atravesando la penumbra en aquella vieja posada, escuchando aun los tambores de los nativos que celebraban junto al hogar, sintiendo las vibraciones de los muros de madera ante la recia caricia de los vientos y sabiéndonos a una distancia mayor a  la abarcable a pie de cualquier civilización, sentí en mi interior un vacío enorme que todo lo abarcaba. Como si la gravedad se invirtiera en un extraño truco mal intencionado por parte de la lógica y la física. Por un instante me sentí cayendo a un vacio de negrura que jamás se vería iluminada por el sol o emoción humana. ¿A qué se debía esta sensación? Cavilé en ello largo rato, tendido bajo el edredón de la rústica cama, rodeado por jarrones y viejos estantes; pieles colgaban de los muros en aquella austera habitación y un jabalí, amenazante, me miraba desde la puerta frente a mí.  Después de reflexiones y divagaciones, atribuí mis sentimientos infundados, como todo hombre que conozca de psicología y comportamiento humano, a mi subconsciente.  ¡Oh! Estúpido de mí. Mi temor era algo que penetraba más profundo que el miedo al reconocimiento o cualquier trauma de la niñez. Somos idiotas, no me cabe duda, todos lo somos. ¿Es acaso inconcebible que haya cosas  en este mundo – cosas ocultas, presentes y por llegar – que el humano no puede explicar? Antes lo creía, pero después de aquel viaje a las montañas y oscuros bosques pestilentes de Rinconada, ciertamente estoy convencido de lo contrario. Sin embargo, puesto que como empedernido hombre de ciencia, me niego en lo más profundo de mí ser a no buscar motivos, creo tener una idea de lo que me provocó aquel sentimiento de horror en la posada indígena.

El olor de un animal en putrefacción es perceptible a la distancia, está ahí tanto para atraer a las moscas como para ahuyentar a los humanos. Sin embargo, hay algunos que lo perciben demasiado tarde, sienten las vomitivas convulsiones cuando ya caminan sobre los blancos y gordos gusanos, obscenamente llenos con la carne putrefacta y sangre coagulada. Pero hay otros, quizá afortunados, quizá condenados a vivir huyendo, que percibimos esos hedores a grandes distancias. He pensado en esto desde entonces y me parece más que posible que la maldad tenga un efecto similar.  La energía mala, aunque  me sienta como un metafísico charlatán asignando tal denominación, puede percibirse a la distancia, como el hedor de las carnes descompuestas de un cerdo.  Aquella noche sentí esa perversión a la distancia, y me estremecí  sin saber por qué. ¿De qué sirve poder sentir el mal a la distancia si no se sabe lo que es? ¿De qué sirve una habilidad como tal si no se pudo usar cuando más se necesitó? Tardía llegó a mí la conciencia de mis predicciones involuntarias. Fui un estúpido que a pesar de oler la negrura siguió caminando entre las podridas hojas del suelo, atrapando mariposas y dibujando hongos, hasta que era demasiado tarde y me hallé rodeado por los blancos gusanos a servicio de solo Dios sabe que amo oscuro.

A la mañana siguiente, la más bella de la que tengo memoria, pues el sol brillaba tras las altísimas cordilleras de blancos sombreretes, tiñendo las nubes de un naranja demencial contrastante con el celeste del cielo, nos dirigimos a pie hasta los límites de la comunidad, con nuestras mochilas en la espalda y un grupo de indígenas cargando el resto del equipaje. Para ese entonces, Renato había recolectado ya cuatro insectos, solo alrededor de la posada.  Dejamos atrás la casona de madera en la que habíamos dormido, pasando frente a un par de pequeños ranchos, adentrándonos al fin en la maleza, dejando a nuestras espaldas un camino que terminaba abruptamente interrumpido por un pedregal y un roble caído, rodeado de setas.

No hay peligro en el bosque, nos habían informado. Ésta era una de las pocas zonas que la supersticiosa tribu consideraba libre de maleficios. No había mitos o leyendas que giraran en torno a su inmensa oscuridad, ni relatos macabros de imposibles bestias ocultas entre sus árboles. Sin embargo, es en las telas más finas y blancas en las que la sangre es más memorable una vez que se ve derramada. Caminamos por más o menos tres horas, recogiendo muestras aquí y allá. Nos deteníamos con frecuencia para hacer bocetos rápidos o bien elaborados, dependiendo de qué tanto captara nuestro interés el animal, planta, roca o simple tronco. Al cumplirse la cuarta hora de expedición, nos detuvimos junto a un pequeño riachuelo a descansar. Sin saber por qué, la sensación de caída libre seguía turbando mi ser. Comimos carne seca y unas empanadas que habían preparado las mujeres de la tribu, no sabíamos de que estaban rellenas, pero seguramente no era puerco, pollo o res. Renato apenas había comido algo, se la pasaba levantando piedras y haciendo anotaciones, en frenética busca de conocimiento que satisficiera su insaciable curiosidad. No me mal entiendan, yo también hervía de emoción y hacia notas constantemente, sin embargo, había algo ahí que me incitaba a dar la vuelta y huir. Caminé a solas alejándome prudentemente de los hombres, crucé el arroyo trepando a un tronco putrefacto y blanco por el musgo seco en su corteza. Al otro lado, la vegetación era aun más tupida. Vi en la grieta de un árbol, que surgía de las raíces y subía aproximadamente tres metros por el tronco, una borraja. La borraja es una planta cubierta de bellos espinosos, cuyas flores son comestibles. Hay quienes  comen también las ramas y los tallos del arbusto, pero hasta ahora sólo he consumido su flor, la cual es dulce, con un sabor similar a la sandía, o al menos así me lo parece.  La observé por unos momentos, a pesar de ser un tanto ordinaria, siempre me ha parecido admirable. Cinco pétalos puntiagudos color azul profundo, que se unen en un centro blanco, coronado con una especie de garra casi negra, amenazante. Cualquiera pensaría que al morderla, sus puntas rasgaran la lengua, pero son tan blancas como sus pétalos, e incluso más dulces.  Tomé una y la mastiqué despacio, mientras miraba a mí alrededor, en busca de alguna otra sorpresa. Llegó entonces a mí un hedor despreciable… como excremento. Pero había algo en ese hedor que era perturbador, pues no se trataba del  hedor característico de los animales de bosque, el cual se define por su alimentación. Ese hedor era inconfundible,  eran heces humanas. ¿Había uno de los indígenas venido a concluir su ciclo fisiológico? Tuve la certeza de que no, puesto que acabábamos de llegar y yo era el primero en separarme del grupo. Eran recientes, eso era un hecho.  ¿Los miembros de la comunidad visitaban a menudo estos terrenos? Según las conversaciones la noche anterior, siempre que uno de los habitantes decidía pasear por el bosque, debía avisar al líder y hacer su paseo en compañía de al menos, un par de vecinos.

Tuve miedo una vez más, y decidí regresar con el grupo. Le preguntaría al líder, que era el hombre que nos guiaba, si había recibido noticias de algún grupo de exploradores, además de nosotros. Caminé entonces hasta el arroyo y trepé al tronco viejo, cuando noté el color del agua. Entre las corrientes finas del riachuelo, se dibujaban unas líneas oscuras color escarlata. Quedé paralizado al instante, sopesando las posibilidades. Estiré mi mano hasta tocar la fría agua y llevé los dedos a mi nariz. Era sangre, recién derramada y el lugar de origen no podía estar demasiado lejos, de lo contrario, se habría disuelto ya por completo y sería imperceptible a mis ojos. A menos que fuera vertida en copiosas cantidades. Giré al otro lado del tronco, en dirección contraria a la corriente y vi que, a no menos de un metro, había más que simples hilillos de sangre. Una gran mancha roja cubría las rocas bajo el riachuelo, y algo, muy similar a un pedazo de cebo, flotaba en la superficie. Temblé al pensar que más que algo ¨similar¨ fuera en realidad, un pedazo de carne.

Me levanté a prisa y terminé de cruzar el tronco, llegué agitado con los demás hombres, que me recibieron con risas y amena conversación. Sin embargo, al  ver la expresión de mi rostro, sus risas acallaron. Después de una explicación y un intercambio de preguntas y respuestas monosilábicas, decidieron ir a ver qué era lo que estaba pasando. Según el líder de la tribu, ningún hombre había solicitado permiso para explorar, y en esa zona del bosque, no había linces, osos, ni cualquier criatura come carne.

En efecto, las heces eran recientes y de origen humano. La sangre ya había sido arrastrada por la corriente, pero uno de los hombres bebió del agua y así respaldó mi historia. Después de escupir el trago entre los matorrales, se inclinó y levantó unas oraciones que Renato ni yo pudimos entender, pero todos guardamos silencio. El líder decidió que sería mejor volver al campamento, pero Renato se negó, y he de admitir, con  pesar, que yo también. Hay algo monstruoso dentro del hombre de ciencia, algo que rebasa la cordura y la sana curiosidad. Teníamos que saber de dónde provenía la sangre y de qué era. ¿Era animal? ¿Era humana?  El pensamiento de que provenía de un cuerpo humano era morboso, pero también alentador. Tal vez crean que he perdido la razón, pero así fue, alentador. Después de una larga discusión y de que dos hombres del grupo decidieran volver a la comunidad, continuamos el camino Renato, el líder, tres ayudantes, y yo.