Bitácora. Nota 2. Por: Ana Teresa

NOTA 2.

 

¿Cómo es que te atreves a afirmar que ya no importa nada? ¿Acaso siempre dejas las cosas así? Y yo sin conocerte simplemente me dejé llevar. No puedo culparte por lo sucedido, menos ahora que parece adrede te has marchado en condiciones tan… llamativas.

Sólo deja que te afirme algo, las ideas pueden cambiar, inclusive puedes extirparlas como se extirpa un tumor maligno. Aunque no sé ni para qué te lo digo si a ti te gusta que te compadezcan. Felicidades, lo has logrado.

Pondré las cartas sobre la mesa al decirte lo siguiente, nunca me interesé por esa “ciencia” que tanto te fascinaba, ni quise jamás aprender lo que tú aprendías con tanto ahínco.  Me limité a creer que algún día lo olvidarías y te apegarías a mi pensar más que nunca… ¡Qué estúpido fui!

Pero te juro, con la cicatrizada mano alzada en el aire, que no volveré mis pisadas al origen, y que aquel camino del que te hablé no volverá a existir para ninguno de nosotros. OlvÍdate ya  de que aun día te miré como a un igual.

Leo

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Ana Teresa



Hombre en el bosque. Primera parte.

Hombre en el bosque.

Primera parte.  

Relato por: Ángel Fco.

Dos años han pasado desde que el horror llegó a mi vida con la brusquedad de las olas que arriban la costa en una noche tormentosa. Mentiría si dijera, a pesar del tiempo pasado, que el miedo ha dejado mi lado. Está aquí, presente. Quizá incluso, si es que tal cosa es posible, más tangible que ayer. Escucho su respiración a mis espaldas y el murmurar de sus paganas oraciones en medio de la noche, cuando el abismo de las tinieblas es infinito. No hay palabras, al menos conocidas,  que puedan expresar el terror que me azora.

He de presentarme antes de comenzar con mi relato, pues es mi deseo que haya constancia del autor del mismo para así garantizar al menos un poco de credibilidad. Y es que lo que contaré en las siguientes páginas no es algo fácil de comprender o creer.

Mi nombre es Cipriano Barrantes, soy Catedrático en la universidad de Palmita, al norte de Cabrito y a muchas millas al sur de Valle Negro, la naciente comunidad en el árido y despiadado desierto, cuya localización exacta no recuerdo ni trataré de hacerlo, pues no resulta imperioso. Imparto la materia de Ciencias Naturales, y Renato Oporto, el viejo amigo que me acompañó a esa última excursión a los vastos y grotescos bosques de Rinconada, al sur de Santa Inés, era también catedrático y todo un erudito en su materia. Impartía la clase de Botánica en la misma universidad que yo. Nos conocimos hace ya un par de décadas, desde entonces logramos un nivel de comunicación casi psíquico.  Aquel día había sido con ansias esperado; la marca en nuestros calendarios llevaba casi un trimestre y las maletas las teníamos hechas con una quincena de anticipación. Tomamos la locomotora discutiendo las funestas noticias que habían llegado a la universidad por parte de la sociedad literaria de Virginia. Allan Poe, escritor predilecto de Renato, acababa de fallecer. No era un tema en el cual me interesara, pero Renato parecía afectado. Había intercambiado cartas con el señor Poe y aparentemente, este había aceptado tomar un retiro en la universidad de Palmita, donde daría un par de conferencias acerca de esos cuentos de sangre y perversión que tanto gustan hoy en día. Y esa es la verdad, me temo; que aunque se empeñan en criticarles y condenarles, los cuentos enfermizos de esta naturaleza, muy a mi pesar, van aumentando su auge. Según la breve carta, había muerto de penas. Aunque dudo que las circunstancias hayan sido de un contexto tan limitado. Su esposa, la cual era también su jovencísima prima, válgame el Señor, había fallecido hacia no mucho tiempo. En el camino, Renato recitó una y otra vez las últimas líneas de ese sobrevalorado poema, El cuervo. He de aclarar que soy también una especie de crítico literario, publicado en El faro, La prensa y El pájaro verde, siendo los últimos dos de distribución nacional, y no dudaré en expresar mi opinión con respecto a estos escritos  de inexistente valor literario. Sin embargo, ahora que pienso en ellos y los horrores descritos en su prosa punzante, me parecen poco menos que nanas. Uno puede pensar que un hombre de mundo y erudito como su servidor, yace ya libre de inocencia psíquica; sin embargo, una vez visto aquello en las sombrías profundidades del bosque Rinconada, he perdido quizá, parte de la cordura que separa al hombre del animal irracional. 

Después de intentar desviar el tema por diversas vertientes con sutiles aproximaciones, pues no quería develar mi nulo interés hacia el tema que tanto apasionaba a mi amigo,  logré al fin  captar su atención con mis observaciones en cuanto a la vegetación del lugar. Aludir a las pasiones primarias de un erudito es lo mejor que se puede hacer para combatir sus muchas otras. Hablaba entonces sin parar, característica invariable de Renato, acerca de lo que podríamos recolectar en nuestro viaje. Especulaba emocionado, imaginando cuántos especímenes podría recoger y cuantos insectos llevaría a casa. Conto una y otra vez sus frascos y bolsas, para después comenzar a adherir las etiquetas correspondientes. Le comenté entonces que sería más complicado escribir los nombres en ellas ya puestas, y detuvo su labor. Llegamos después de un largo viaje al poblado de San José, donde tomamos una carroza lo más cerca que pudimos hasta el bosque. Continuamos entonces caminando, por un par de millas, observando fascinados los alrededores. La mañana había dejado lugar a la tarde, eran apenas unos minutos después de la una. Después de recorrer un largo tramo de rústica catadura, llegamos a la Posada de Santa Ana, donde nos esperaba ya un guía y un par de habitaciones bien provistas.

Caída ya la noche, después de una larga y cálida velada en el hogar de la posada, acompañados por el grupo de indígenas que habitaban en esa pequeña comunidad, nos retiramos a nuestras recamaras. Habíamos trazado líneas en un mapa, cuyos caminos recorreríamos al amanecer. La estridencia del viento se hacía audible por entre las  rendijas de unas puertas y ventanas corroídas por los años, mostrándonos su milenaria voluntad. Los árboles, enormes e imponentes titanes, se contorsionaban en macabra danza crepuscular, dibujándose en negro contra las estrellas, soltando una lluvia de hojas delgadas como navajas. Caminé por el pasillo, con sincero temor. Un hombre de ciencia sigue siendo humano, débil y trémulo, no importa cuanta cultura posea. Los temores más básicos son imborrables de la memoria del ser humano, como los círculos y líneas rectas que traza un artista en sus bocetos. Esas líneas son las que definen su obra.

Miedo a la oscuridad, a lo desconocido, a la lejanía de lo familiar y a encontrarse rodeado por lo ajeno. Atravesando la penumbra en aquella vieja posada, escuchando aun los tambores de los nativos que celebraban junto al hogar, sintiendo las vibraciones de los muros de madera ante la recia caricia de los vientos y sabiéndonos a una distancia mayor a  la abarcable a pie de cualquier civilización, sentí en mi interior un vacío enorme que todo lo abarcaba. Como si la gravedad se invirtiera en un extraño truco mal intencionado por parte de la lógica y la física. Por un instante me sentí cayendo a un vacio de negrura que jamás se vería iluminada por el sol o emoción humana. ¿A qué se debía esta sensación? Cavilé en ello largo rato, tendido bajo el edredón de la rústica cama, rodeado por jarrones y viejos estantes; pieles colgaban de los muros en aquella austera habitación y un jabalí, amenazante, me miraba desde la puerta frente a mí.  Después de reflexiones y divagaciones, atribuí mis sentimientos infundados, como todo hombre que conozca de psicología y comportamiento humano, a mi subconsciente.  ¡Oh! Estúpido de mí. Mi temor era algo que penetraba más profundo que el miedo al reconocimiento o cualquier trauma de la niñez. Somos idiotas, no me cabe duda, todos lo somos. ¿Es acaso inconcebible que haya cosas  en este mundo – cosas ocultas, presentes y por llegar – que el humano no puede explicar? Antes lo creía, pero después de aquel viaje a las montañas y oscuros bosques pestilentes de Rinconada, ciertamente estoy convencido de lo contrario. Sin embargo, puesto que como empedernido hombre de ciencia, me niego en lo más profundo de mí ser a no buscar motivos, creo tener una idea de lo que me provocó aquel sentimiento de horror en la posada indígena.

El olor de un animal en putrefacción es perceptible a la distancia, está ahí tanto para atraer a las moscas como para ahuyentar a los humanos. Sin embargo, hay algunos que lo perciben demasiado tarde, sienten las vomitivas convulsiones cuando ya caminan sobre los blancos y gordos gusanos, obscenamente llenos con la carne putrefacta y sangre coagulada. Pero hay otros, quizá afortunados, quizá condenados a vivir huyendo, que percibimos esos hedores a grandes distancias. He pensado en esto desde entonces y me parece más que posible que la maldad tenga un efecto similar.  La energía mala, aunque  me sienta como un metafísico charlatán asignando tal denominación, puede percibirse a la distancia, como el hedor de las carnes descompuestas de un cerdo.  Aquella noche sentí esa perversión a la distancia, y me estremecí  sin saber por qué. ¿De qué sirve poder sentir el mal a la distancia si no se sabe lo que es? ¿De qué sirve una habilidad como tal si no se pudo usar cuando más se necesitó? Tardía llegó a mí la conciencia de mis predicciones involuntarias. Fui un estúpido que a pesar de oler la negrura siguió caminando entre las podridas hojas del suelo, atrapando mariposas y dibujando hongos, hasta que era demasiado tarde y me hallé rodeado por los blancos gusanos a servicio de solo Dios sabe que amo oscuro.

A la mañana siguiente, la más bella de la que tengo memoria, pues el sol brillaba tras las altísimas cordilleras de blancos sombreretes, tiñendo las nubes de un naranja demencial contrastante con el celeste del cielo, nos dirigimos a pie hasta los límites de la comunidad, con nuestras mochilas en la espalda y un grupo de indígenas cargando el resto del equipaje. Para ese entonces, Renato había recolectado ya cuatro insectos, solo alrededor de la posada.  Dejamos atrás la casona de madera en la que habíamos dormido, pasando frente a un par de pequeños ranchos, adentrándonos al fin en la maleza, dejando a nuestras espaldas un camino que terminaba abruptamente interrumpido por un pedregal y un roble caído, rodeado de setas.

No hay peligro en el bosque, nos habían informado. Ésta era una de las pocas zonas que la supersticiosa tribu consideraba libre de maleficios. No había mitos o leyendas que giraran en torno a su inmensa oscuridad, ni relatos macabros de imposibles bestias ocultas entre sus árboles. Sin embargo, es en las telas más finas y blancas en las que la sangre es más memorable una vez que se ve derramada. Caminamos por más o menos tres horas, recogiendo muestras aquí y allá. Nos deteníamos con frecuencia para hacer bocetos rápidos o bien elaborados, dependiendo de qué tanto captara nuestro interés el animal, planta, roca o simple tronco. Al cumplirse la cuarta hora de expedición, nos detuvimos junto a un pequeño riachuelo a descansar. Sin saber por qué, la sensación de caída libre seguía turbando mi ser. Comimos carne seca y unas empanadas que habían preparado las mujeres de la tribu, no sabíamos de que estaban rellenas, pero seguramente no era puerco, pollo o res. Renato apenas había comido algo, se la pasaba levantando piedras y haciendo anotaciones, en frenética busca de conocimiento que satisficiera su insaciable curiosidad. No me mal entiendan, yo también hervía de emoción y hacia notas constantemente, sin embargo, había algo ahí que me incitaba a dar la vuelta y huir. Caminé a solas alejándome prudentemente de los hombres, crucé el arroyo trepando a un tronco putrefacto y blanco por el musgo seco en su corteza. Al otro lado, la vegetación era aun más tupida. Vi en la grieta de un árbol, que surgía de las raíces y subía aproximadamente tres metros por el tronco, una borraja. La borraja es una planta cubierta de bellos espinosos, cuyas flores son comestibles. Hay quienes  comen también las ramas y los tallos del arbusto, pero hasta ahora sólo he consumido su flor, la cual es dulce, con un sabor similar a la sandía, o al menos así me lo parece.  La observé por unos momentos, a pesar de ser un tanto ordinaria, siempre me ha parecido admirable. Cinco pétalos puntiagudos color azul profundo, que se unen en un centro blanco, coronado con una especie de garra casi negra, amenazante. Cualquiera pensaría que al morderla, sus puntas rasgaran la lengua, pero son tan blancas como sus pétalos, e incluso más dulces.  Tomé una y la mastiqué despacio, mientras miraba a mí alrededor, en busca de alguna otra sorpresa. Llegó entonces a mí un hedor despreciable… como excremento. Pero había algo en ese hedor que era perturbador, pues no se trataba del  hedor característico de los animales de bosque, el cual se define por su alimentación. Ese hedor era inconfundible,  eran heces humanas. ¿Había uno de los indígenas venido a concluir su ciclo fisiológico? Tuve la certeza de que no, puesto que acabábamos de llegar y yo era el primero en separarme del grupo. Eran recientes, eso era un hecho.  ¿Los miembros de la comunidad visitaban a menudo estos terrenos? Según las conversaciones la noche anterior, siempre que uno de los habitantes decidía pasear por el bosque, debía avisar al líder y hacer su paseo en compañía de al menos, un par de vecinos.

Tuve miedo una vez más, y decidí regresar con el grupo. Le preguntaría al líder, que era el hombre que nos guiaba, si había recibido noticias de algún grupo de exploradores, además de nosotros. Caminé entonces hasta el arroyo y trepé al tronco viejo, cuando noté el color del agua. Entre las corrientes finas del riachuelo, se dibujaban unas líneas oscuras color escarlata. Quedé paralizado al instante, sopesando las posibilidades. Estiré mi mano hasta tocar la fría agua y llevé los dedos a mi nariz. Era sangre, recién derramada y el lugar de origen no podía estar demasiado lejos, de lo contrario, se habría disuelto ya por completo y sería imperceptible a mis ojos. A menos que fuera vertida en copiosas cantidades. Giré al otro lado del tronco, en dirección contraria a la corriente y vi que, a no menos de un metro, había más que simples hilillos de sangre. Una gran mancha roja cubría las rocas bajo el riachuelo, y algo, muy similar a un pedazo de cebo, flotaba en la superficie. Temblé al pensar que más que algo ¨similar¨ fuera en realidad, un pedazo de carne.

Me levanté a prisa y terminé de cruzar el tronco, llegué agitado con los demás hombres, que me recibieron con risas y amena conversación. Sin embargo, al  ver la expresión de mi rostro, sus risas acallaron. Después de una explicación y un intercambio de preguntas y respuestas monosilábicas, decidieron ir a ver qué era lo que estaba pasando. Según el líder de la tribu, ningún hombre había solicitado permiso para explorar, y en esa zona del bosque, no había linces, osos, ni cualquier criatura come carne.

En efecto, las heces eran recientes y de origen humano. La sangre ya había sido arrastrada por la corriente, pero uno de los hombres bebió del agua y así respaldó mi historia. Después de escupir el trago entre los matorrales, se inclinó y levantó unas oraciones que Renato ni yo pudimos entender, pero todos guardamos silencio. El líder decidió que sería mejor volver al campamento, pero Renato se negó, y he de admitir, con  pesar, que yo también. Hay algo monstruoso dentro del hombre de ciencia, algo que rebasa la cordura y la sana curiosidad. Teníamos que saber de dónde provenía la sangre y de qué era. ¿Era animal? ¿Era humana?  El pensamiento de que provenía de un cuerpo humano era morboso, pero también alentador. Tal vez crean que he perdido la razón, pero así fue, alentador. Después de una larga discusión y de que dos hombres del grupo decidieran volver a la comunidad, continuamos el camino Renato, el líder, tres ayudantes, y yo.

Cierra la boca. Ángel Fco.

Cuando no tengas nada que decir es mejor quedarte callado. Así de sencillo. Luego andas diciendo cualquier tarugada y terminas quemado y metiéndote en problemas.

Creo que he dejado el tema bastante claro.

Adiós.

Tenía pensado dejar esta publicación así como esta, sin una palabra más. Sin embargo, he de admitir, no con genuina vergüenza pero si con innegable pesar, que no soy de los que pueden hablar poco. Una vez que inicio, siempre y cuando sea un tema de interés, me cuesta parar. Así que continuaré con el tema ya planteado.

¿Por qué no es tan difícil comprender que a veces es mejor cerrar la bocota? Es, quizá, una necesidad para nada superficial; una sed profunda e inconsciente por mantenernos vigentes en el mundo del hablante, puesto que al que no habla no se le oye.

Atribuyo nuestra insensata habladuría a lo previamente descrito, con muy poco temor a errar.

Sin embargo, no se puede olvidar jamás una extensa ramificación de la especie humana: el vanidoso. Aquellos imberbes que creen que su opinión realmente le interesa a alguien; esos que creen que tienen algo relevante que decirle al mundo y que lo que piensen o digan pensar, puede ser de utilidad en la vida de algún ser ajeno. ¿Esto nos convierte en una especie de bestias egocéntricas y superfluas? ¿Es eso muy diferente a lo que somos ahora? ¿Qué somos? ¿Somos buenos, malos, ególatras? ¿Qué nos define?

Demasiadas preguntas, a las cuales no creo tener una respuesta acertada. Al menos no en su totalidad. Ciertamente la mayoría de las personas sufrimos de este ¨padecimiento¨, de hecho, escribir en un blog pensando que a alguien le puede interesar lo que tengamos que decir, me parece algo vanidoso. ¿Lo es? No lo sé, solo me pareció que podría serlo. Creo que lo más que podemos hacer es regular nuestras emisiones, tratar de mantenernos al margen en los temas y sucesos que no nos conciernen.

Uno de los errores más comunes de nuestra especie es no saber cuándo parar de hablar, nos damos cuenta de que hemos arrollado al gato hasta que llegamos al mercado y vemos la cola colgando de la defensa. Pero para entonces es ya demasiado tarde, hay corazones rotos y familiares o amigos sensibles – irritantes, quizá – esperando una disculpa.

La solución a esto es sencilla: si no te gusta lavar ropa, ándate desnudo. Si no te gusta pedir disculpas, cierra la boca.

Ángel Fco.

Un chico honesto. Capitulo VI.

Un chico honesto.

Capitulo VI.

Ese desgraciado las pagaría, todas y cada una. De entre la escoria que Fernando había conocido, Moisés y su hijo, el engreído intelectual Esteban, eran lo peor. Como los odiaba, simplemente no encontraba palabras cuando, postrado frente al espejo de su closet, elevaba sus oraciones a la santa muerte. ¿Por qué rezarle a la muerte? Al principio, cuando le habían presentado esta nueva… ¿religión? Le había parecido absurdo y extraño, incluso un poco oscuro y atemorizante. Pero el tiempo pasó, y las dosis se fueron acumulando en su sistema, a la vez que sus neuronas iban deteriorándose y su razonamiento encogiéndose, y, al final, terminó pareciéndole lo más lógico del mundo. Fernando ahora pertenecía a la muerte, y a ella dirigía todas sus oraciones.  ¿Por qué? Fernando llevaba años rezando, incluso mientras bebía o inhalaba, la virgencita se encontraba siempre en sus pensamientos. Pero la virgencita jamás venía. Unos decían que se aparecía en las noches en un hospital de la comunidad, la entrada siempre estaba cubierta con flores frescas y era frecuente ver a alguien inclinado, estorbando en la puerta el flujo de pacientes. Fernando había visitado el lugar incontables veces, con la esperanza de verla, de saber que era real. De tener la total certeza de la existencia de ese ser tan magnífico que, en algunas ocasiones especiales, le hablaba con tierna voz, siempre muy similar a la de su abuela, la que murió mientras lo abrazaba y lo despertó por su frio anciano cuerpo en una mañana tormentosa. Jamás olvidaría cuanto trabajo le había costado soltarse de sus brazos tiesos. Al principio pensó que era un juego, pero supo que no era así al sentir la humedad de la orina y la rigidez de sus brazos. Escuchar su voz era tranquilizante… e inquietante. Ni una sola vez pudo verla. La virgen, pensó, no le quería. O simplemente no existe. Buscó entonces algo real, tangible. Algo completamente innegable, un hecho científico e irrefutable. Entonces recordó aquel culto al que pertenecían varios de sus proveedores y así fue como se inicio en la adoración por la santa muerte.

Apenas terminaba de vaciar las cajas en la sala. Tenía que asegurarse de que pareciera una casa decente, sin rastros de suciedad ni de hábitos indebidos. Si las cosas iban a salir de acuerdo al plan, encarcelarían al bastardo de…

Tocaban la puerta.

Atendió y resultó ser una grata sorpresa. El hijo de Moisés, Estebitan, había llegado a facilitarle la vida. Al principio le pareció que era una trampa y se sintió atemorizado, después, no le importó. Su plan ya estaba en movimiento y su buen amigo ya había depositado los paquetes en el cobertizo. La llamada quizá, ya había sido hecha. Así que habló con él por buen rato, y dirigió la conversación hacia el tema que le interesaba. La mercancía. Al final, resultó que Esteban estaba interesado, quizá más de lo que esperaba. A pesar del sentimiento de que podía ser una trampa, le entregó una dosis. ¿Qué más da? En caso de caer preso por dar un paso fuera de su finamente trazado mapa, la santa muerte siempre estaría ahí para él. Tan real como la oscuridad de la noche. Acompañó al chico hasta la salida y al abrir la puerta, disfrutó lo que vio. Se hizo el tonto preguntando ¿Qué ha pasado?  Y después la alegría lo recorrió al ver el desconcierto en la cara del chico. Las cosas iban sobre ruedas. Mejor, iban volando. Observó todo unos segundos y vio como la patrulla se llevaba al estúpido de Moisés. Cerró la puerta ante la estúpida mirada de Esteban y se sentó a pensar como ese estúpido lugar pronto sería suyo.

Se lo merecían. Destruiría ese centro de porquería como se destruye un panal de estúpidas abejas. Estúpidos, estúpidos. Imbéciles. Todos y cada uno. Estúpidos, estúpidos. Principalmente ese hijo perra de Moisés. Miró al techo, echado en el sofá de la sala, estremeciéndose por la falta de droga. Sólo una dosis mínima, pensó. La tomó y el temblor en sus extremidades cesó. Entonces recordó esa película de la infancia… un elefante que podía volar. ¿Cómo iba esa linda canción? Cuando el elefantito se embriaga, con sus ojitos oscurecidos… cuando esos elefantes de colores e inclasificables formas… ¿Cómo iba? ¿Quién es? ¿Quién va? Ya empiezan a desfilar. Vienen ya,
mira qué saltos dan. Serán quizá, parientes de Satanás.

¿Si decía así?… no estaba seguro, pero le parecía que sonaba bien. Ya están aquí, en torno a la cama van al revés, como acróbatas, terror me dan, me quieren enloquecer.

Pero a Fernando nada lo podría perturbar. No señor. Absolutamente nada. Reía tendido en el sofá, retorciéndose y babeando. No podía excederse en las dosis, tenía que mantenerse lúcido. El chamaco idiota sólo necesitaba unos días para cumplir la mayoría de edad y entonces, no estaba seguro de que su plan fuera útil. Tenía que quemar esa choza en menos de una semana. Tenía que hacerlo arder. Y si todos esos inválidos y ancianos, niños cagados y viejas sirvientas estaban adentro, mucho, mucho mejor.

Ahora, un día después, yacía sentado en la sala esperando la llegada de nuevas noticias. Según su amigo, la mujer encargada llegaría ese mismo día.

Unas horas después, ya tenía una cita con ella. Al parecer, mañana tendría que despedir a algunas personas… sonaba divertido.

Esa noche soñó con los elefantes… bailaban y cantaban, con sus rostros asimétricos y sus miradas pervertidas. Uno de ellos tenía el rictus de su abuela, y orinaba mientras daba piruetas en el aire. Su hermana estaba montada en uno de los elefantes más altos, uno de color azul. Entonces, su vientre se hinchaba y ella caía del animal, reventándose como un globo lleno de agua. Despertó jadeante y exaltado. Tomó un baño y se puso su mejor ropa. Primero sería la entrevista, tenía que quedar bien. Revisó su tabique nasal y vio que estaba completamente cicatrizado. Las marcas en sus brazos estaban casi desvanecidas, pero la capa de maquillaje terminaba el trabajo. Cruzó la calle sintiendo leves temblores en las rodillas por la falta de su dosis diaria, pero tendría que soportar… no. No había manera. Regresó y tomó una pastilla, eso sería suficiente. Lo mantendría calmado y funcional. Regresó entonces riendo entre dientes mientras recordaba lo estúpido que había sido de niño al pensar que su abuela jugaba con él. Tocó a la puerta y le abrió Jacinto, quien lo miró con una mal disimulada expresión de temor y preocupación.

Lo pasó y, con la soltura de un vaquero en cantina, exclamó:

–            ¡Vaya, vaya, vaya! Así que este es el imperio de Moisés…

–          Me temo que ya no más – respondió Laurette, mientras bajaba elegantemente las escaleras, en un traje que decía ¨besa mis pies, mortal¨

–          Usted debe ser…

–          Laurette Graham, servidora social.

–          Mucho gusto.

–          Así es. En fin, usted debe ser Fernando.

–          Correcto, vine porque recibí una…

–          No tengo tiempo que perder. Sígame, veremos los documentos y haremos el papeleo. Usted tomará control en un día o dos. Tengo un viaje pendiente.

Caminaron hasta la oficina, mientras Esteban pensada en la conversación que había tenido con su padre en la comandancia… aun no lo podía creer.

El anciano se quedó parado junto a la puerta. Fernando entendió su nerviosismo, pero si ese idiota lo echaba todo a perder, moriría. Podía tenerlo por seguro. No importaba que hubiera puesto los paquetes en el cobertizo… si lo echaba a perder, sufriría. Sufriría muchísimo. Jacinto se dejó caer en la banca de recepción, pensando en lo que había hecho.

En nuestro próximo capítulo:

–          Desconéctenlos. A todos.

Recomendación literaria: Las cronicas marcianas, de Ray Bradbury.

Este es un libro al que llevaba tiempo siguiéndole la pista, y lo fui a encontrar en la feria del libro usado, hace un par de meses.

Es una de las obras de ficción más icónicas, y puedo decir ahora, después de haberlo leído, que no es para menos. Un profundo e interesantísimo análisis de la sociedad humana y su banal modo de vida a través de historias relacionadas con la invasión a Marte y la exterminación – parcialmente involuntaria – de la especie que dominaba este planeta.  Este libro tiene de todo, es, me permito decir sin temor a exagerar, un libro excelente y fascinante. Tiene muchas citas reflexivas y no llega a ser cursi, algo que agradezco sobremanera.

Aquí, mi lista de relatos favoritos de esta obra, que no es una novela, sino una serie de relatos que siguen una línea de tiempo, desde la llegada del hombre a Marte, hasta el fin de la raza marciana y, casi, de la humana.

  • Los hombres de la tierra
  • La tercera expedición
  • Aunque siga brillando la luna
  • Un camino a través del aire
  • Usher II
  • El marciano
  • Los largos años

Lectura obligatoria, no cabe duda.

Moluscos al jengibre, con ensalada de frutas y vino blanco.

Ingredientes:

  • 100gr de mejillones limpios
  • 100gr de almeja para coctel
  • 20gr de jengibre finamente picado
  • Vinagre de vino blanco.
  • 1/3 taza Vino blanco
  • 1 ½ tazas Fondo de pollo o, si es posible, fumé de pescado.
  • Paprika
  • Pimienta blanca en polvo
  • Sal
  • Ajo y cebolla finamente picados
  • Limón amarillo grande
  • Piña picada en rebanadas
  • Kiwi picado en rebanadas
  • Espárragos cocidos al vapor
  • Cebolla morada en rodajas
  • Pimientos (rojo, verde y blanco, pero la diversidad de colores es solo por presentación)
  • Semilla de alcaravea
  • Semilla de cilantro
  • Semilla de hinojo
  • Cebollín en rodajas
  • 2 rebanadas de tocino
  • Zucchini (calabacitas)  
  • mantequilla

Bueno, comenzaré por una disculpa por no estandarizar, pero este fue un examen y la verdad que apenas recuerdo que fue lo que hice. Comenzaremos con la ensalada: en un bol agregaremos la piña, kiwi, pimientos, la parte verde del cebollín finamente picada, zucchini cortada en rebanadas, rodajas de cebolla, finas. En un recipiente a parte, mezclar aceite de oliva, vinagre de vino blanco, sal y pimienta, semilla de alcaravea, semilla de cilantro, semilla de hinojo,  un poco de paprika, jugo de limón, jengibre finamente picado y un toque de salsa de soya. Deben integrarse bien, y después se agrega todo en el bol con la ensalada. Se deja reposar. (Los espárragos se colocan encima de la ensalada, o se pueden dejar con la vinagreta desde el inicio, depende de ti)

En una sartén, ponemos a freír el tocino hasta que quede dorado y crujiente. A esa grasa añadimos un poco de mantequilla, ajo y cebolla finamente picados. Sofreímos y agregamos jengibre finamente picado; después agregamos el vino blanco. Dependiendo de la cantidad de moluscos que vaya a preparar, será la cantidad de vino. Para una porción como la de la fotografía utilice 1/3 de taza. Separe con la cuchara lo que esté pegado en el fondo del sartén, a esto se le llama desglasar y sirve para obtener los sabores adheridos en el metal. Ahora, agregue semilla de alcaravea, no más de media cucharadita, y semilla de cilantro e hinojo, en la misma cantidad. Paprika y una hoja de laurel. Añadimos ahora nuestros moluscos, dos hojas de salvia, el resto de nuestro cebollín, y un poco de salsa de soya. Dejamos cocer hasta que las conchas estén abiertas, retiramos del fuego, agregamos hasta ahora unas rebanaditas de cebolla morada, para que no pierdan su crujiente textura;  rociamos jugo de limón encima, sal al gusto.

La ensalada se deja marinar unos 20 minutos, para que los sabores se integren. El tocino se rompe y se coloca sobre las frutas.

Solo puse medidas para las cosas que son peligrosas; por ejemplo, si te excedes con el vino te quedará muy acido el caldo, la cantidad de mejillones y almejas que escribí ahí es un aproximado a lo que use para la elaboración de ese plato, etc.

Debe cuidar no sobre cocer sus moluscos, pues se ponen correosos y se encogen. Cuando se abran, están listos. No soy mucho de estandarizar recetas, pues creo que si alguien va a encender una estufa debe tener un mínimo de sentido común. ¿Si quiero hacer sólo 4 platos de esta receta, debo usar una piña entera? Si quiere comer ensalada por una semana, si. ¿Con una rebanada entonces? Si quiere servir ensalada con cucharitas de té, con eso bastará.  

Como digo siempre, estando en la cocina debes escuchar tus sentidos, pero con prudencia.

Sentido común, amigo, y sobre todo, mucho sabor.

Ángel Fco.

Recomendación Musical. Subterranean Homesick Blues

“Johnny is in the basement , mixin’ up the medicine…”

 

                  No hay cosa que inspire más que las bien escogidas palabras de Bob Dylany su Subterranean Homesick Blues. Así es, poesía pura  con un ritmo bastante pegajoso que recuerda a aquellas cancioncitas que cantan los niños a forma de juego. De verdad se siente la fluidez de las ideas dentro de la canción llena de pensamientos filosóficos  o de simples palabras colocadas una tras de otra.

Esta canción es del álbum Bringing It All Back Home lanzado en el 65 – el mismo álbum que contiene Like a Rolling Stone . Chéquenla y si tienen tiempo vean el video.

Nos leemos, Ana Teresa.

“Don’t wanna be a BOOM you better chew GUM!”